6.12.13

Ciudad de neón




Caminaba por aquella ciudad de plástico y neón como si estuviera flotando en una pesadilla. Acababa de saber lo ocurrido. Aún no daba crédito. En una especie de inconsciencia se movía. Sin rumbo. Sabía que en este lugar ya no le quedaba nada más por hacer. Solo salió a pasear como una autómata.

Mientras andaba, perdida y ausente, las lágrimas fluían de sus ojos a borbotones. Sentía deseos de gritar, aunque no era capaz de hacerlo. El grito no salía de su garganta porque un nudo le atenazaba. Nadie la miraba porque en las ciudades populosas e impersonales, nadie mira a los otros. La gente suele observar los escaparates, o los luminosos, pero no a las personas. Ella, perdida y sin rumbo, caminaba. Sentía que el mundo y su vida le caían encima, de golpe y a saco, para terminar derribándola.

Era una tontería seguir allí sin nada que esperar. Nunca había dejado de sentirse extranjera en tierra ajena, fuera de los paisajes familiares que conservaba en su retina. Todos sus intentos de arraigo nunca fueron muy efectivos, más que por causas externas, por ella misma. Acostumbrada a ganarse la vida desde su niñez, vivió desde entonces como una adulta. Hizo de mayor y responsable cuando era necesario que otras personas le quitaran esa carga, que le allanaran el camino y la cuidaran, permitiéndole ejercer su derecho a ser niña. Se sentía internamente desarraigada de sí misma, de su propio cuerpo, de los afectos, de aquel lugar.

Nunca se sintió cuidada por alguien desde que falleciera su madre. A partir de ahí le había tocado defenderse del tirano que era  su padre. Contando los días desde que tuvo uso de razón, para ser legalmente mayor de edad y salir corriendo de entre sus garras. En ese momento se despidió con rabia, le dijo que jamás iba a perdonarle. Nunca iba a olvidar lo ocurrido, nunca jamás. Y tampoco pensaba volver. Entonces se fue. Sin mirar atrás, sin pena, sin la sensación de dejar un hogar, puesto que no sabía  lo que era un hogar, nunca lo había sabido.

Mientras se movía anónimamente entre la multitud, pensaba en la sensación de vacío que iba calando dentro. El sentimiento de no tener a donde ir lo ocupaba todo. Ni siquiera un rincón propio en aquel destello fosforescente de neón. Ni un metro cuadrado suyo. No tenía donde caerse muerta.

Ahora, tras lo ocurrido, se daba cuenta de que todo podía tornarse aún más negro de lo que pensaba. Tiró de su buena suerte mientras pudo. Pero precisamente hoy su habitual buena estrella le daba la espalda. Por eso andaba sin rumbo. Con el sentimiento de pérdida y de no tener a donde ir.

Llevaba en el bolso sus papeles. Era una extranjera "con papeles". De bien poco le servían en este momento. Junto con los documentos que le daban derecho de permanencia en aquella hostilidad luminosa con forma de ciudad, de habitáculo humano, estaban los otros legajos, los que había tenido que firmar esa misma mañana. A pesar de haberlos firmado, no se lo terminaba de creer del todo. Esos odiados papeles que firmó aquella misma mañana, les servían a algunas personas de la ciudad para dormir más tranquilas. A ella para no dormir en absoluto.

Había tenido que dejar en depósito incierto su más preciado tesoro: su hijo. Pensaba en él y le dolía. Era difícil de explicar a un niño de tres años que no tenía casa, ni comida, ni trabajo, ni familia, y que por tanto no era apta para ocuparse de él. De poco sirvió que le explicara a la señora de detrás del escritorio que él la necesitaba, que la dejara acompañarle, que nunca habían dormido separados, que la leche tenía que estar tibia, y que después de la ducha le gustaba que le masajeara la espalda con crema, que tenía miedo a la oscuridad, y que había que llevarlo al baño justo  antes de dormir, porque quizá podía hacer pis en la cama y que por favor, no dejaran de darle a Pancho, su osito de peluche. El niño acariciaba la barriga de Pancho mientras se iba quedando dormido. Pero, esos lujos de atenciones, eran  para la gente capaz de llevar una vida resuelta.
Un golpe de mala suerte, perder el trabajo y un desahucio, era algo que no estaba previsto. La señora que estaba detrás del escritorio dijo que era lo mejor y la única solución. Juntos no. No podían estar juntos. Uno en cada sitio, eso sí. Ella en una residencia de personas adultas, su hijo en un albergue de niños. Esa era la solución. Claro que no era la mejor solución, claro que no. Pero era la única salida posible. Seguro que el niño estaría bien. Sin duda estaría bien, dijo la señora fríamente.  Ella debía limitarse a firmar los papeles. Dejarle en manos seguras que le darían comida y cama. No tenía por qué llorar, ahora no era el momento de llorar. Eso no solucionaba nada. Sin duda -insistía casi molesta- estaría en buenas manos, ya se lo había dicho. Eran personas cualificadas. Muchos otros niños permanecían en esas manos sin ningún problema. Cuando fuera capaz de solucionar su vida podría recuperarle. Claro, que en la calle no podían estar, no era apropiado. No, en absoluto removerían conciencias estando en la calle -dijo la señora en un alarde de complicidad- 

En realidad, la conciencia de la gente estaba inmunizada contra el dolor ajeno. Cuanto más resuelta tenían su vida los habitantes del neón -pensó ella en ese instante- más fingían ignorar que había gente pobre, sin lo mínimo y sin un sitio donde malvivir, o niños separados de una madre amorosa como ella que conocía todas sus miradas, sus gustos, sus deseos. La pobreza era sistemáticamente ignorada por las personas de vida organizada, que no tenían ningún interés en conocer estas historias, similares a la suya. 

Bastante tenían ellos con sus propias dificultades. Todo el mundo tenía problemas en la ciudad. Llegar a fin de mes tampoco era fácil para la gente de vida organizada. Pensar en las causas de la pobreza, eso era un esfuerzo innecesario, cada uno se buscaba la vida como podía. Ya era bastante solidaridad apadrinar a un niño del Tercer Mundo. Con eso, sus conciencias quedaban impolutas. El resto de su dinero, ganado con el sudor de sus frentes, lo gastaban donde querían gastarlo, como si lo tiraban a la basura. En realidad, para eso, para resolver la pobreza, estaban los políticos y todas esas ONGs. Las personas de vidas ordenadas no querían saber nada de quebraderos de cabeza. El estrés de la semana o pagar la hipoteca eran ya bastante agobio, como para buscarse problemas extras.

La gente del neón se iba a dormir tranquila aquella noche, y si es que no podían dormir, tomarían un somnífero. Ella no pensaba pegar un ojo. Ni pensar en dormir. No ya por la falta de sitio, sino por su angustia existencial, por la sensación de pérdida, por la pena. Ni pensar remotamente en dormir.

Algunos habitantes de la ciudad organizaban cenas benéficas para recaudar fondos para la personas como ella y como su niño, que gracias a la responsabilidad de la gente estable que gobernaba altruistamente, podían dormir bajo techo y comer caliente. Tendría que dar las gracias a los políticos desinteresados y a los organizadores de cenas por poder comer caliente y dormir bajo techo, en lugar de quejarse y llorar por separarse del niño. Esa queja y ese llanto no tenían sentido. 

Haberse quedado en su país  -le dijo una vez el casero antes de desahuciarla- Todos los extranjeros creen que esto es Jauja, y a vivir del cuento, a aprovecharse de los beneficios que permitían el pago religioso de impuestos de los ciudadanos de bien. A picar piedra los pondría él. Mucho cuento, y a la hora de trabajar, nada de nada -decía el casero indignado- al mismo tiempo que expresaba echar en falta al fallecido Caudillo. Por más que en tiempos del mentado difunto, a él mismo le había tocado salir fuera, sin conocer el idioma, sin entender nada, pasando frío y hambre para ahorrar cuatro perras y mandárselas a la familia. Pero él iba a trabajar como un burro y nadie le regaló nunca nada. No es el caso esta gente, que vive del cuento. Cualquier día nos echan a todos de aquí -auguraba pesimista el casero-

Antes ella estaba en otro grupo. En el grupo de gente con la vida resuelta. No era una vida de opulencia, ni mucho menos. Pero pagaba el alquiler,  el supermercado,  tenía teléfono, y a veces, hasta podía comprarse ropa nueva en las tiendas de saldo. Eso era mucho más de lo tenía en este momento. Lo peor de la sociedad de la opulencia -pensaba - es que hay algo más grave que ser una persona  explotada, y es el hecho de no tener ni el derecho a tal explotación. El problema de trabajar por un mísero sueldo, no era nada, comparado con el hecho de no tener ni siquiera un trabajo. Ahora lo que le quedaba era esperar la compasión de la gente que organizaba las cenas. O que la señora de detrás del escritorio se apiadara de ella.


 Nada de eso iba a solucionar su pesar ni tampoco arroparía al niño aquella noche cuando llorara sin explicarse qué es lo que pasaba. Esperar, -decían- paciencia, hay que esperar un poco. Pero en su dolor no cabía la paciencia. De no ser por el niño, habría tomado todos los valium que le recetó el médico -la magia blanca contra la angustia en forma de valium- . Pero pensaba en él y no se atrevía a dormir en el ansiado sueño profundo que le indicaría que por fin se terminó su lucha.

Así que mientras andaba sin rumbo, pensaba que había llegado al límite. Nada más le quedaba por hacer. Deambular, hasta que amaneciera, mientras las luces se apagaban y todo parecía tornarse normal. Reprochándose una y otra vez su pobreza. Como si fuera culpable de su pobreza. Todos sus abrazos fueron incapaces de conservar al niño, que estaba ahora totalmente fuera de su control, en otras manos.

Sin salidas, sin dinero, sin el niño, sin sueño, sin sueños. Miraba como espectadora, mientras leía en los luminosos:

"Vive la moda". "Depilación por láser". "Siempre cerca de ti". "Asegura tu futuro". "Pensando en tu confort". "¿Qué has pensado para estas vacaciones?" "La chispa de la vida".



Fotografía: Kristhóval Tacoronte




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