25.1.15

En busca de la fe perdida





El aire allá arriba estaba frío. Incluso hacía viento. Había subido al teleférico que la transportó junto a otras diecinueve personas más. Cada una a su bola. Algunas tomando instantáneas. Alicia, con la mirada perdida, bajó y tomó una vereda. Llevaba un buen rato caminado cuando cayó en la cuenta de que se había alejado mucho más de lo razonable. No obstante, aún se divisaba el albergue. Aquel hotel sobre las nubes, que costaría una pasta, era su sueño de estancia en la tierra en este preciso momento. Lejos, muy lejos del mundanal ruido.

Fue todo tan improvisado que apenas llevaba abrigo. Esta mañana había salido para el trabajo como cada día. A lo lejos unas nubes grises amenazaban lluvia. Al llegar a la rotonda el GPS dijo “gire a la derecha en la primera” y eso hizo, para terminar en una ruta desconocida. Insistente el GPS volvió a decir una y dos veces más: “Equivocado, de media vuelta en la próxima entrada”, pero ella decidió no hacerle caso. Y así fue como llegó a la zona turística y se colocó en la caravana de entrada para visitar las montañas. Luego por inercia compró un ticket para subir en el transportador humano hasta el techo del espacio visible y, de pronto, se encontraba justo por encima de las nubes escuchando el silencio.

Mientas caminaba como una autómata, imaginó qué ocurriría aquella mañana en la oficina, a la que no había acudido sin mediar ningún aviso, ni tampoco una excusa razonable, por primera vez en su vida. Tampoco pudo advertir a Elvira, su amiga, con la que desayunaba cada mañana. El capullo de Antonio habría llamado de forma reiterada. Era su forma de expiar la culpa. Las eternas cenas de trabajo, aunque fuera un tópico, eran escapadas a la rutina conyugal. No se había enterado por las buenas y de repente. Fue una lenta agonía de no querer ver lo evidente. Los sablazos en la cuenta corriente que compartían eran cada vez más frecuentes, hasta que se armó de valor y fue a la sucursal bancaria para terminar confirmando que las “cenas” de su marido se celebraban en caros clubs de alterne de toda la ciudad. Y eso sin contar a la amante que también dejaba rastro en la Visa.

Los chicos habían salido de casa un buen día para cursar estudios, y cada vez que retornaban estaban de visita. Sus espacios sin ellos eran un abismo infinito y los muy ingratos apenas le devolvían las llamadas. Mucho pudo haberse equivocado, sin duda… pero habían sido sus bebés rollizos y amables que sonreían cada vez que ella les tomaba en brazos. Los primeros pasos, su primera bici, el primer día del colegio, sus cuadernos escolares…todo estaba cuidadosamente archivado y documentado. No solo en su memoria, también en los álbumes de fotos. Ojearlos se había convertido en un calvario. Los hijos se fueron de casa y ella apenas pudo decirles adiós. Ya no iba a llevarles el chocolate caliente en invierno, tampoco les cocinaría sus platos favoritos ni plancharía sus camisetas.

De pronto su vida había dejado de tener sentido. La pasada noche dieron en la tele la película sobre la vida de Pedro Casaldáliga y algo se removió en su alma inquieta. Tenía sueño, pero se quedó a ver las dos partes de “Descalzo sobre la tierra roja”. El que llegara a ser obispo de los pobres en Brasil, desafiando una y otra vez el orden establecido, había dicho muchas cosas acertadas a lo largo de su azarosa vida de compromiso con los desfavorecidos del mundo.

Cuando dijo que la fe consiste en realizar lo que te propones, entonces ella se consideró una persona de fe. “Lo contrario de la fe no es la duda, sino el miedo”, decía el padre Casaldáliga. Entonces comprendió que ella misma atravesaba por una crisis de fe. Hacía tiempo que no respiraba despacio y con calma. No podía hacer casi nada de forma espontánea. Confiaba muy poco en sus posibilidades e incluso había dejado de hacer planes de futuro.

Anoche Antonio se arrimó a su lado de la cama con ganas de sexo rápido y aséptico. Lo normal era que ella se mostrara condescendiente. Pero esta vez le dijo que se sentía muy lejos. Realmente estaba a mil kilómetros de distancia de aquel solemne desconocido con el que había tenido dos hijos. Él solo dijo que estaba bien y se giró hacia el lado contrario. Pero en ningún momento se disculpó por todo lo ocurrido, ni dijo que lo sentía. Simplemente negaba lo evidente. Así que ella optó por no hacerle más preguntas, en parte porque tampoco quería escuchar las respuestas.

Esta mañana salió decidida a emprenderla con la rutina, pero ahora en la empinada pendiente de la montaña se planteaba encarar su crisis de fe. No pensaba volver a hacer jamás una dieta, ni a ser falsamente amable y complaciente. Tampoco iba a tomar ni un solo ansiolítico más. Los chicos eran los dueños de sus vidas y ella estaba dispuesta a respetarlo. Habían cortado ellos mismos el cordón umbilical y no dejaban de estar en su derecho. Y Antonio no era de su propiedad. Quizá hasta le iba aliviar que soltara amarras y le dejara a él hacer lo propio. 

Alicia se sentía hoy la verdadera dueña de su vida, pese a que en este momento ésta le pareciera una verdadera miseria. Quiso sentir el eco de su voz y dio un grito. La cordillera devolvió un alarido. No había reparado en que seguía siendo un animal herido llorando por las esquinas. Buscando su fe entre las montañas… estas se movieron. La deslizaron hasta el suelo sobre el que caminó descalza emulando a su admirado Casaldáliga. 

“De media vuelta y gire en la primera salida” volvió a repetir el GPS parlante, desde su bolso. Esta vez le hizo caso. Volvió a tomar el teleférico con el objetivo claro de llegar hasta el Hotel Mirador allá arriba, en lo más alto. Encararse consigo misma para recuperar la fe era mucho más complejo que su inmediato deseo de salir volando contra el viento desde la cima. Le iba a costar hacer el camino a pie con sandalias de piel curtida.

Desde lo alto, la gran película de su intensa vida, pasó a pantalla grande en su memoria. De pronto se encontró sentada en su banco de la escuela de niñas repitiendo como un loro las tablas de multiplicar y las consignas del régimen, también estuvo nadando en el inmenso mar azul mientras el sol acariciaba su cuerpo y por las noches le arrullaba el rumor de las olas del mar. Se encontró caminando con unas verdaderas chanclas de goma que se rompían con frecuencia en los polvorientos caminos del pueblo. Luego como la adolescente de piernas flacas y timidez extrema, caminó posteriormente de puntillas por su vida afectiva, para recordarles también a ellos, los hombres a los que había amado de forma incondicional y que siempre ocuparían un lugar en su corazón. Estuvo en varias manifestaciones pacifistas enarbolando una bandera, y volvió a tomar a sus hijos en brazos y de la mano.

Un inmenso abrazo para todos ellos era cuanto le quedaba en este momento. Y otro para Elvira, su hermana afectiva. 

Y en ese momento, desde la libertad absoluta, decidió partir a reunirse con los ancestros. Sabía que al otro lado estaban la abuela, el abuelito, sus padres, posiblemente ahora reconciliados, el hijo aquel que jamás llegó a nacer, y tantos otros seres queridos que habían partido después de unas vidas tan azarosas como la suya propia. 

Desde la terraza del albergue dio un salto al vacío abriendo los brazos emulando alas, sintiendo el aire golpeado contra su cara, cayendo vertiginosamente… Sin embargo no llegó al suelo, un poco antes unos cálidos brazos la sostuvieron para trasladarla de escenario.

Ahora estaba en una playa al atardecer, con cientos de amigos buscadores de fe, disfrutando del aire marino y de las aguas cálidas. Sin juicios, sin prisas, sin drama, sin sueño ni insomnio, sin temores, sin cansancio, con muchas preguntas y otras tantas dudas. Navegando en las aguas tropicales de la calma evocó el instante en que había sido un bebé y navegaba en el saco amniótico, rodeada de agua segura y calentita. De allí salió al mundo con la única cobertura de su piel. Cientos de miles de moléculas de ADN se agolpaban en este momento para recordarle que se sostuviera a flote. Por fin pudo entender el misterio de la vida, justo por haber encarado de frente el espectro de la muerte.

Fotografía: Kristhóval Tacoronte

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