16.6.12

CIUDAD DE NEÓN




Caminaba por aquella ciudad de plástico y neón. Como si estuviera flotando en una pesadilla. Acababa de saber lo ocurrido. Aún no daba crédito. En una especie de inconsciencia se movía. Sin rumbo. Sabía que en este lugar ya no le quedaba nada más por hacer. Solo salió a pasear como una autómata.

 Mientras andaba, perdida y ausente, las lágrimas fluían de sus ojos a borbotones. Sentía deseos de gritar, aunque no era capaz de hacerlo. El grito, no salía de su garganta porque un nudo le atenazaba. Nadie la miraba. No la miraban porque en las ciudades populosas e impersonales, nadie mira a nadie. La gente suele mirar los escaparates, o los luminosos, pero no a la otra gente. Ella, perdida y sin rumbo, caminaba. Sentía que el mundo y su vida le caían encima, de golpe, a saco, para terminar derribándole.

Era una tontería seguir allí, sin nada que esperar. Nunca había dejado de sentirse extranjera, en tierra ajena, fuera de los paisajes familiares que conservaba en su retina. Todos sus intentos de arraigo nunca fueron muy efectivos, más que por culpa ajena, por ella misma. Acostumbrada a ganarse la vida desde su niñez, vivió desde entonces como una adulta. Hizo de adulta y responsable cuando era necesario que otras personas le quitaran esa carga, que le allanaran el camino y la cuidaran, permitiéndole ejercer su derecho a ser niña. Se sentía internamente desarraigada. De sí misma, de su propio cuerpo, de los afectos, de aquel sitio.

 Nunca se sintió cuidada por alguien desde que muriera su madre. A partir de ahí le había tocado defenderse del tirano, que era  su padre, contando los días desde que tuvo uso de razón, para ser legalmente mayor de edad y salir corriendo de entre sus garras. Ese día se despidió con rabia, le dijo que jamás iba a perdonarle. Nunca iba a olvidar lo ocurrido, nunca jamás. Y tampoco pensaba volver. Entonces se fue. Sin mirar atrás, sin pena, sin la sensación de dejar un hogar, puesto que no sabía  lo que era un hogar, nunca lo había sabido.

Mientras se movía anónimamente entre la multitud, pensaba en la sensación de vacío que iba calando dentro. El sentimiento de no tener a donde ir, lo ocupaba todo. Ni siquiera un rincón propio en aquel destello fosforescente de neón. Ni un metro cuadrado propio. No tenía donde caerse muerta.
Ahora, tras lo ocurrido, se daba cuenta de que todo podía tornarse aún más negro de lo que pensaba. Tiró de su buena suerte mientras pudo. Pero precisamente hoy, su habitual buena estrella le daba la espalda. Por eso andaba sin rumbo. Con el sentimiento de pérdida y de no tener a donde ir.

 En su bolso, sus papeles. Era una extranjera con papeles. De bien poco le servían en este momento los papeles. Junto con los papeles, que le daban derecho de permanencia en aquella hostilidad luminosa con forma de ciudad, de habitáculo humano, estaban los otros, los que había tenido que firmar esa misma mañana. A pesar de haberlos firmado, no se lo terminaba de creer del todo. Esos odiados papeles que firmó aquella misma mañana, le servían a algunas personas de la ciudad para dormir más tranquilas. A ella, para no dormir en absoluto.

Había tenido que dejar en depósito incierto su más preciado tesoro: su hijo. Pensaba en él y le dolía. Era difícil de explicar a un niño de tres años que no tenía casa, ni comida, ni trabajo, ni familia, y que por tanto no era apta para ocuparse de él. De poco sirvió que le explicara a la señora de detrás del escritorio que el niño la necesitaba, que la dejara estar con él, que nunca habían dormido separados, que la leche tenía que estar tibia, y que después de la ducha le gustaba que le masajeara la espalda con crema, que tenía miedo a la oscuridad, y que había que llevarlo al baño justo  antes de dormir, porque quizá podía hacer pis en la cama y que por favor, no dejaran de darle a Pancho, su osito de peluche. El niño acariciaba la barriga de Pancho mientras se iba quedando dormido. Pero, esos lujos de atenciones, eran para la gente capaz de llevar una vida resuelta.


Un golpe de mala suerte, perder el trabajo y un desahucio, era algo que no estaba previsto. La señora que estaba detrás del escritorio dijo que era lo mejor y la única solución. Juntos no. No podían estar juntos . Uno en cada sitio, eso sí. Ella en una residencia de personas adultas, su hijo en un albergue de niños. Esa era la solución. Claro que no era la mejor solución, claro que no. Pero era la única salida posible. Seguro que el niño estaría bien. Sin duda estaría bien, dijo la señora fríamente.  Ella debía limitarse a firmar los papeles. Dejarle en en manos seguras que le darían comida y cama. No tenía por qué llorar, ahora no era el momento de llorar. Eso no solucionaba nada. Sin duda –insistía casi molesta- estaría en buenas manos, ya se lo había dicho. Eran personas cualificadas. Muchos otros niños permanecían en esas manos sin ningún problema. Cuando fuera capaz de solucionar su vida podría recuperarle. Claro, que en la calle no podían estar, no era apropiado. No, en absoluto removerían conciencias estando en la calle –dijo la señora en un alarde de complicidad- 

En realidad, la conciencia de la gente estaba inmunizada contra el dolor ajeno. Cuanto más resuelta tenían su vida los habitantes del neón –pensó ella en ese instante- más fingían ignorar que había gente pobre, sin lo mínimo y sin un sitio donde malvivir, o niños separados de una madre amorosa como ella que conocía todas sus miradas, sus gustos, sus deseos. La pobreza era sistemáticamente ignorada por las personas de vida organizada, que no tenían ningún interés en conocer estas historias, similares a la suya. 

Bastante tenían ellos con propio. Todo el mundo tenía problemas en la ciudad. Llegar a fin de mes tampoco era fácil para la gente de vida organizada. Pensar en las causas de la pobreza, eso era un esfuerzo innecesario, cada uno se buscaba la vida como podía. Ya era bastante solidaridad apadrinar a un niño del tercer mundo. Con eso, sus conciencias quedaban impolutas. El resto de su dinero, ganado con el sudor de sus frentes, lo gastaban donde querían gastarlo, como si lo tiraban a la basura. En realidad, para eso, para resolver la pobreza, estaban los políticos y todas esas ONGs. Las personas de vidas ordenadas no querían saber nada de quebraderos de cabeza. El estrés de la semana o pagar la hipoteca eran ya bastante agobio, como para buscarse problemas extras.

La gente del neón se iba a dormir tranquila aquella noche, y si es que no podían dormir, tomarían un somnífero. Ella no pensaba pegar un ojo. Ni pensar en dormir. No ya por la falta de sitio, sino por su angustia existencial, por la sensación de pérdida, por la pena. Ni pensar remotamente en dormir.

Algunos habitantes de la ciudad organizaban cenas. Cenas benéficas para recaudar fondos para la personas como ella y como su niño, que gracias a la responsabilidad de la gente estable que gobernaba altruistamente, podían dormir bajo techo y comer caliente. Tendría que dar las gracias a los políticos altruistas y a los organizadores de cenas por poder comer caliente y dormir bajo techo, en lugar de quejarse y llorar por separarse del niño. Esa queja y ese llanto no tenían sentido. 

Haberse quedado en su país - le dijo una vez el casero antes de desahuciarla- Todos los extranjeros creen que esto es jauja, y a vivir del cuento, a aprovecharse de los beneficios que permitían el pago religioso de impuestos de los ciudadanos de bien. A picar piedra los pondría él. Mucho cuento, y a la hora de trabajar, nada de nada –decía el casero indignado- al mismo tiempo que decía echar en falta al fallecido Caudillo. Por más que en tiempos del mentado difunto, a él mismo le había tocado salir fuera, sin conocer la lengua, sin entender nada, pasando frío y hambre para ahorrar cuatro perras y mandárselas a la familia. Pero él iba a trabajar como un burro y nadie le regaló nunca nada. No es el caso esta gente, que vive del cuento. Cualquier día nos echan a todos de aquí –auguraba pesimista el casero-.

Antes ella estaba en otro grupo. En el grupo de gente con la vida resuelta. No era una vida de opulencia, ni mucho menos. Pero pagaba el alquiler,  el supermercado,  tenía teléfono, y a veces, hasta podía comprarse ropa nueva en las tiendas de saldo. Eso, era mucho más de lo tenía en este momento. Lo peor de la sociedad de la opulencia –pensaba - es, que hay algo más grave que ser una persona  explotada, y es el hecho de no tener ni el derecho a tal explotación. El problema de trabajar por un mísero sueldo, no era nada, comparado con el hecho de no tener ni siquiera un trabajo. Ahora, lo que le quedaba era esperar la compasión de la gente que organizaba las cenas. O que la señora de detrás del escritorio se apiadara de ella.

 Nada de eso iba a solucionar su pesar, ni tampoco  arroparía al niño aquella noche cuando llorara sin explicarse qué es lo que pasaba. Esperar, -decían- Paciencia, hay que esperar un poco. Pero en su dolor no cabía la paciencia. De no ser por el niño, habría tomado todos los valium que le recetó el médico –la magia blanca contra la angustia en forma de valium- . Pero pensaba en él y no se atrevía a dormir en el ansiado sueño profundo que le indicaría que por fin se terminó su lucha.

Así que mientras andaba sin rumbo, tropezándose con los carteles luminosos sin querer,  pensaba que había llegado al límite. Nada más le quedaba por hacer. Deambular, hasta que amaneciera, mientras las luces se apagaban y todo parecía tornarse normal. Reprochándose una y otra vez su pobreza. Como si fuera culpable de su pobreza. Todos sus abrazos fueron incapaces de conservar al niño, que estaba ahora totalmente fuera de su control, en otras manos.

Sin salida, sin dinero, sin el niño, sin sueño, sin sueños. La ciudad de neón le usurpó sus sueños. Miraba, como espectadora, mientras leía en un luminoso:


Vive la moda. Depilación por láser. Siempre cerca de ti. Asegura tu futuro. Pensando en tu confort. ¿Qué has pensado para esta verano?.La chispa de la vida...




14.6.12

ESPERANDO AL CARTERO III


Mujer casada...



Tras aquel matrimonio rápido, hubo de enfrentarse de nuevo a bregar por la supervivencia, ahora al lado de aquel hombre, que pasó de ser un casi desconocido a dormir cada noche en su cama. No por eso se libró de los madrugones, ni del duro trabajo.

 Más de una vez pensó que en realidad tampoco era tanta la diferencia entre su nueva vida de casada, y su anterior vida de hija. De aquel sexo fugaz y nocturno, vivido desde la legalidad del matrimonio pero lleno de inexperiencia y recato, sucedió que ella sintió un día que al levantarse a la mañana tenía unas tremendas náuseas, que el olor a  café le provocaba el vómito, y que tenía una especie de mal cuerpo. Así fue como supo finalmente que estaba embarazada de su primera hija. Ahora, su destino de mujer casada era irretornable.

Así, la abuela daría a luz una niña, que venía a ser un mal menor, ya que lo que realmente daba prestigio era tener un varón. Las penurias y la hipoteca llevaron a su marido a planear un viaje a Argentina, donde decían que era fácil hacer fortuna. Él, más que en la fortuna pensó en una forma elegante de salir de aquella isla y explorar el mundo más allá de lo que su experiencia de agricultor le había permitido hasta entonces. Ella, casi no acertó a decirle que sus náuseas  habían vuelto. Tenía casi tres meses de embarazo. Su segunda hija, la madre de Ana, nunca llegó a ver el rostro de su padre.

Al principio llegaron unas cartas espaciadas que ella leía y releía – sabía leer, lo cual era mucho más, de lo que sabían hacer otras mujeres de entonces-  Llena de esperanza, se pasaba la vida esperando al cartero. Mientras tanto, sacar adelante la hipoteca fue su única obsesión. Trabajaba, de sol  a sol,  sin darse tregua. No quería perder aquella tierra, y el prometido dinero de Argentina, no llegaba.

El trabajo acabó con su vida. Una mañana amaneció lloviendo. No cesaba de llover, y ella pensaba desolada en las arvejas recogidas en la huerta que no habían podido llevarse a trillar. Preparó el burro y se fue con la esperanza de airearlas un poco y que no se pudrieran con la humedad. Pero la lluvia, una vez más, era imprevisible, y le cayó encima cuando no tenía donde guarecerse.

Llegó a la casa con mal cuerpo y aquel catarro degeneró en neumonía. Los nueve años siguientes le dieron para ver el mundo desde su cama, mientras sus pulmones cada vez estaban más enfermos. Se mantuvo en pie, es decir, con vida, sin ningún tipo de fármacos. Ese lujo no estaba a su alcance. Siguió esperando noticias de Argentina hasta el último instante. 
Finalmente murió, en medio de la pobreza más absoluta, dejando tras de sí una especie de leyenda de mujer abnegada que le sirvió para bien poco. Acababa de cumplir treinta y seis años y desde la cama había logrado enseñar a leer a sus hijas.

Probablemente la abuela Ana no murió de tuberculosis –aunque eso es lo que dice su partida de defunción- en realidad ella un buen día claudicó y murió de tristeza. 

Esto ocurriría cuando definitivamente volvió a recibir la negativa a su demanda de una carta de Argentina en la visita del cartero. Entonces, cerró los ojos y se dejó ir. Decidió no batallar más, rendirse, dormir en un sueño profundo... Aceptar al fin, que había estado la mitad de su vida enamorada de un hombre que realmente nunca la quiso.

No supo de buenos momentos, ni pudo disfrutar de la vida. En su caso se cumplió a pies juntillas eso de que esta vida viene a ser un valle de lágrimas y que el matrimonio a veces, es la cruz que algunas mujeres han de cargar hasta la muerte.

Ana pensaba que en realidad su existencia era mucho más cómoda y confortable que la de sus abuelas. Además no necesitaba ir demostrando decencia, con la presión del pueblo encima. Sin embargo, en otros aspectos ella se identificaba con la vida de sus antepasadas.

Cada vez que sentía de forma visceral el miedo al abandono, Ana estaba por pensar que esto formaba parte de un pasado ancestral, del que de alguna manera no lograba deshacerse. 

El cartero no llegó a para la abuela antes de su muerte, pero un buen día quiso el destino que Ana se tropezara con un mensajero improvisado, que punto por punto le contó cuanto había ocurrido en el otro lado del Atlántico. 

De esta forma pudo escuchar para comprender, perdonar, para perdonarse, sanar, para no sufrir, y dejar en manos del pasado de otros lo que venía ser su historia, la de ellos. Al hacerlo, un pesado fardo de dolor y lucha, se descolgó de su espalda. Miró hacia adelante, se sintió liberada. Les bendijo a ambos, por darle la vida, y decidió no volver jamás a ser una víctima. 


13.6.12

ESPERANDO AL CARTERO II



Ella... nació mujer. 




La abuela Ana, nació mujer, en una familia formada por cuatro hombres y seis chicas. Por este motivo, por haber nacido hembra, no se le preparó un viaje para buscar fortuna más allá de los límites de la isla de Lanzarote. La pobreza absoluta, agudizada por la sequía que año tras año venía a poner en peligro las cosechas, hacía que el destino de los jóvenes de la familia fuera “hacer la América” y el de las mujeres, mantenerse vírgenes hasta conseguir un marido, cumpliendo así su papel reproductor, gestando hijos e hijas capaces de trabajar la tierra, de dar continuidad a la estirpe.

          Sabía arar y sembrar la tierra, arrancar los cenizos, plantar las papas, las arvejas, separar la hierba buena de la mala, atender y ordeñar las cabras, tostar el millo, hacer el queso... pues no poder viajar hasta América, no significaba en ningún momento estar exenta de un trabajo que era imprescindible para sobrevivir.

         El día en que conoció al que poco más tarde sería su marido, ella creyó que había resuelto su mayor aspiración en la vida: ser la mujer de alguien. Aquel hombre maduro y guapo que le doblaba la edad, la enamoró perdidamente. Pasó por un noviazgo fugaz de visitas tras el postigo de la casa, con la puerta de por medio, una vez a la semana. El día que se casó, la abuela tenía diecisiete años y una semana. Ni por un momento pensó que él era un hombre despechado, al que la vergüenza de haber sido dejado por su novia de toda la vida, le había obligado a demostrar su hombría buscando inmediatamente una suplente para tal desagravio.

         -Mira por donde, sin el desplante de aquella novia y el despecho de mi abuelo –decía Ana a veces- yo nunca habría nacido. También tuve una vez diecisiete años y pasé por los treinta y seis. Hace mucho tiempo que me he convertido en una mujer madura que alberga un eterno corazón de adolescente y una parte de ingenuidad. Pero creo que de él, de mi abuelo,  no tengo mucho ¿o quizá sí?

Necesitaba redimir la memoria de la abuela, desde el momento en que conoció su verdadera historia, pues pensaba que ella estaba en algún lugar, intemporalmente, y debía saber que todo su esfuerzo no había sido en vano. Sentía correr por sus venas la sangre de aquella mujer valiente,  que pasó mucho tiempo luchando a brazo partido contra el fatalismo en el que poco a poco se fue convirtiendo su vida, para finalmente morir, puesto que lo único que durante mucho tiempo la mantuvo viva fue la esperanza de que su hombre volvería, a rescatarla de aquel abismo, a decirle que no la había olvidado, a abrazarla cálidamente, a ocuparse por un tiempo de todo, para que al fin ella pudiera descansar.

 Pero no fue así, el abuelo, no solo no volvió, sino que el día que por fin dio señales de vida, fue pera reclamar su parte de la herencia –tras la muerte de su mujer- de aquella tierra de veinte fanegadas que se pagó con sudor y sangre -la de la abuela Ana-  empeñada en levantar la hipoteca, aunque le fuera la vida en ello.



ESPERANDO AL CARTERO I




         Ana pensaba que parte de su rebeldía innata y de su fortaleza que tanto le valoraban quienes la conocían, se debía a la herencia de su abuela. 

Supo que su nombre le venía de aquella mujer a la que nunca conoció personalmente, y sobre la que indagó para saber más. Tuvo que recomponer la historia a base de datos que poco a poco le fue facilitando su madre. 

A medida que conoció la historia de su abuela, que en cierto modo venía a formar parte de la suya propia, ella fue identificándose y familiarizándose con la otra Ana, hasta el punto de que a menudo le hacía preguntas en voz baja, cuando quería que le ayudara a encontrar una respuesta a alguna duda existencial.

 Miraba su foto, vestida a la moda de los años veinte, esperando encontrar algún parecido físico con ella, y solo encontraba la cara serena de una mujer resignada. Posiblemente la abuela se hizo esa foto para enviarla a su marido emigrante, confiada en que al igual que haría ella, él la recordaría. 

Pero no fue así. Su marido se fue para no volver, dejándola con dos niñas muy pequeñas, una hipoteca por pagar, y sus propios brazos como único medio de supervivencia. En un pueblo pequeño y hostil,  donde la tónica general era que los hombres emigraban –contadas veces volvían- y las mujeres debían demostrar que eran decentes. El apoyo de la familia original, era más bien poco. Bien porque una vez alguien se casaba y se independizaba, se las arreglaba como buenamente podía, o bien porque la ley de la supervivencia de entonces, no incluía la solidaridad. 

Ellas –la mujeres- que tiraban adelante de la familia, debían además abordar en solitario el abandono solapado y perfectamente justificable de aquellos hombres, que con la idea de mejorar la situación económica de la familia, levantaban el vuelo al ver un mundo nuevo, y si te he visto no me acuerdo. 

Exceptuando a los que una vez viejos y cansados, pensaron que aquella islita en medio del océano era un lugar perfecto para ir a dar con sus huesos, con la absoluta certeza de que “ella” -la mujer que un día abandonó- estaría aún esperándole. Y efectivamente, su destino era  esperarle abnegadamente o pasar la vejez rodeada de nietos, si es que había llegado a tener descendencia.


11.6.12

VEINTE AÑOS





Veinte años. Habían pasado veinte años. Así, como quien no quiere la cosa, se habían desvanecido con premura. Ahora caía en la cuenta de que habían transcurrido veinte años, desde que dejara atrás toda aquella algarabía inconsciente, en la que andaba entonces. Media vida se había esfumado entre sus manos.

Ni bien le atisbó entre la gente, supo que el pasado salía a su encuentro a saldar una deuda pendiente. Le vio a lo lejos, con un vaso de bebida en la mano. Supo que era él, inmediatamente. Se acercó para abrazarle, tocarle, palparle. Comprobar que no era un espejismo, que era  de verdad. 

Caminó hacia él y, al hacerlo, entró de puntillas en el pasado. En el momento del pasado que habían compartido. Se vislumbró a sí misma con chalecos de colores y faldas largas. Una chica pasional e idealista, con una larga melena lacia que se deslizaba por su espalda. Adornada con colgantes multicolores, alguno con el símbolo de la paz. Sí a la paz y no la guerra, era su consigna. Una de las consignas que aún conservaba como una máxima en su vida.El resto de eslóganes, tan válidos entonces, le sonaron con el tiempo a estafa, panfletada barata, tras la que por poco se le había ido la vida en otro tiempo.

 Huyendo del dogmatismo de la religión, cayó en otros, quizá necesarios como tránsito en su vida de aquellos momentos, pero en los que ahora apenas creía. Se había vuelto escéptica con casi todas las verdades absolutas que en pasado creyera a pies juntillas. Absolutamente incrédula, sin que por ello dejara a un lado su innata rebeldía, la que habría de acompañarle el resto de su vida.

Recordó el poster del “Ché” encima de aquella cama, donde una vez en el pasado, habían retozado juntos. También afloró en su memoria el hecho de que él estaba incluso un poco retraído, ignorando ella entonces todo lo que más tarde vino él a aclararle: en realidad, se inauguraba en el amor entre sus brazos.

 Lo que había ocurrido en ese tiempo de deliciosa locura, donde nunca había prisa para nada, se conservaba intacto en su memoria mezclado con consignas pacifistas, asambleas  clandestinas y manifestaciones donde todo el mundo corría hacia delante -con los entonces grises, tocando los talones- para, a veces, terminar enarbolando alguna gloriosa herida de guerra.

Le vinieron encima y de golpe aquellos veinte años, todos juntos, cuando le divisó. Quiso decir mucho más de lo que dijo. Pensó en muchas palabras que no lograron salir de su boca. Terminó por entrar en un diálogo convencional, incapaz de resumir todo el tiempo transcurrido, las palabras no dichas, las ausencias inexplicables.

Se miraron a los ojos con ternura, como entonces. Como entonces, ella tomó la iniciativa. Igual que entonces, sobraron las palabras. Salieron de aquel bullicio, caminaron despacio, se fueron hasta su casa -la de ella- bastante más confortable de que lo fuera la de entonces. Se desnudaron sin prisas, a diferencia de lo que ocurriera entonces.  De forma pausada y con cariño, se acariciaron sin testigos. No dejaban nunca de pensar en el pasivo testigo, compañero de cuarto que hubo entonces, fingiendo con torpeza un sueño profundo en la cama de al lado. Veinte años habían dado para mucho en materia de aprendizaje amoroso. Se habían graduado en caricias y susurros.

En ese instante le quiso. Sin preguntas y sin dudas le quiso. Sabía que tenía una situación no resuelta con el pasado. Sin buscarle le encontró.  No era igual que entonces. Veinte años... media vida. Veinte años también tenían ambos entonces. Le quiso sin futuro y sin proyectos. Le quiso en ese instante y nada más. 

Después, pudieron hablar de entonces. Todas las palabras no dichas surgieron agolpadas. Así que ella supo a ciencia cierta que tras su ida de la ciudad, de la movida universitaria y de aquel piso que compartían, vino la hecatombe. Él le habló de la hecatombe. “Cuando tú te viniste abajo, yo me vine abajo contigo” -le dijo-. Así que una vez más y sin saberlo, ella había sido la fuerte del grupo. Muchas más veces en la vida fue la fuerte. Ese también era su sino.

         Durante toda la noche conversaron acerca del pasado y del presente. De los hijos, del trabajo, de los amigos que aún andaban por sus vidas.

Tras  un par de copas solidarias y de beber con ansiedad en la fuente de sus recuerdos, sin que explícitamente nadie dijera adiós, se dio por terminada la charla.

 Él se fue, esta vez alegre y optimista, con muchos más recursos que entonces para sobrevivir sin ella. Ella le acompaño a la parada de taxis, tomando su mano durante el trayecto. Le despidió con un beso en la mejilla. Al menos esta vez le decía adiós. Sabía que no era un adiós definitivo. Una parte de cada uno estaría, desde entonces y para siempre, en la historia inconclusa del otro.