16.8.12

CON LA LLUVIA



          

Lo que sucedió aquella tarde mientras ella corría bajo la lluvia era totalmente imprevisible. Venía, como siempre, apresurada, con dos bolsas del supermercado, haciendo recuento mental de todas las tareas que le esperaban cuando llegara a casa.
        
Ni quería abrir la puerta, un vaho a cerrado le recordaría que todo seguía tal cual lo había dejado por la mañana, cuando apresuradamente miraba el reloj, cogía las llaves y tiraba literalmente de los niños.

La llegada a casa significaba una maratón interminable con la cena, la lavadora, la plancha, el fregadero... allí seguirían hasta la mantequilla y la caja de cereales del desayuno. Se sentía cual Penélope, tejiendo y destejiendo cada día.

Todo eso rondaba desalentadoramente por su cabeza, mientras rogaba a dios para que saltara el semáforo y poder cruzar la calle de una vez. El agua se había metido en sus zapatos, en su ropa, en su piel. Sus pechos y su pubis estaban también empapados.

Así pensaba, cuando miró aquel anuncio. Una chica rubia y desnuda, talla treinta y ocho, estaba subida a la grupa de un caballo blanco, al que abrazaba. Su único atuendo eran unos zapatos rojos que se ataban al tobillo y llegaban hasta media pierna. Una larga melena le cubría parte de la espalda, y su mirada intensa parecía transmitir seguridad.

Se miró de pronto a sí misma, con la ropa empapada, el pelo reseco y con falta de tinte en la raíz. Sus zapatos, ya para la basura, que venían durando tres inviernos. Pensó entonces, que si tuviera un caballo tan bonito, estaría lejos, galopando con él...

Recordó que apenas diez años atrás, su pelo era sedoso y largo, su piel no tenía estrías, ni celulitis y, además, se solía tomar unos minutos cada mañana para maquillarse...

Soltó las bolsas en el suelo y lloró sin consuelo, pensando que podía venir toda la lluvia que quisiera, formar un caudal, arrastrarla hasta el mar... que posiblemente, hasta la hora de la cena, nadie se percataría de su ausencia.

Entonces, ocurrió lo insólito: el caballo blanco cobró vida y saltó del cartel. Ella, se quitó los zapatos y corrió hacia él, con la firme idea de irse galopando muy lejos. Por primera vez en su vida fue rebelde, y una sensación de libertad recorría su mojado y agotado cuerpo. Se fue, y milagrosamente, con ella, desapareció la lluvia.

8.8.12

LA ENCANTADORA DE GERANIOS




No dejo de observarla, me fascina. No quiero  ni siquiera saber cuál es su tono de voz. Tampoco necesito conocer su nombre, ni donde pasa el tiempo en sus largas ausencias. No deseo tener ningún dato fiable o creíble que la transforme en humana, vulgar y corriente. No sé si duerme bajo un puente o si en realidad elije una nube o un lecho de flores cada noche. Ignoro en qué rastro consigue sus largas y floreadas faldas, ni cuál es el contenido de su bolso, que sostiene fuertemente asido con su mano desocupada. Desconozco quien corta su pelo, o como logra pintarse las uñas de sus dos manos. No se tampoco si es zurda o diestra, si vive con alguien o si no tiene familia. Su edad es indefinida, aún así no quiero arriesgarme a suponer cuantos años tendrá.

Todas esas preguntas sin respuesta la convierten en una especie de ser de otro mundo. Creo que la he tropezado alguna vez en mis sueños persecutorios, cuando de pronto me he visto en mitad de la calle sin ropa, o cada vez que a modo de pesadilla bajo una escalera pendiente y empinada por la que temo caer sin control.

En esos sueños repetitivos y angustiosos la he divisado, ocupada en su tarea, sin reparar en mi descontrol, sin percatarse de mi drama. Me da la espalda, igual que lo hace con los conductores en su carretera cada día. Me ignora. Me mira de reojo, desde el azul intenso, sin embargo no me ve. No quiere ver a nadie. Ni siquiera sabe que la admiro, como a Benedetti, a Saramago, al Principito, a Tom Sawyer, a doña Melitona mi maestra… todos mis héroes de adulta y de niña, resumidos en sus parterres de geranios rosa y rojo.

Lo cierto es que….

Coleccionaba poemas de amor. Los memorizaba todos y se los recitaba a sí misma. Soñaba con que era la musa de un poeta. Al caer la noche, se tumbaba vestida en la cama de puro cansancio.

El día se le pasaba deambulando de acá para allá. No recordaba su nombre, ni siquiera su edad.

Iba cada mañana a limpiar los geranios de los parterres de la autovía. Unas plantas más muertas que vivas, que depositaron allí unos jardineros cuando se inauguró la carretera y vinieron los políticos. Se empeñaba a conciencia en quitarles malezas y gusanos en una ardua jornada de trabajo.

Después, paraba en un comedor social donde podía saciar su hambre frugal sin problemas y conseguir ropa limpia y una buena ducha.

Los conductores la miraban con curiosidad, a veces hasta con sorna. Paraban cuando el semáforo se ponía rojo y se preguntaban si esta mujer estaba loca, limpiando geranios llenos de hollín, como si le fuera la vida en ello, con sus faldas estridentes, su pelo rapado y sus labios pintados de un rojo intenso.

Para ella, el resto de los mortales, eran invisibles. Le preocupaban sus flores y los pulgones.

Todos creían que hablaba sola, pero eran los veinte poemas de amor y la canción desesperada de Pablo Neruda. Le gustaba especialmente el número quince, que se lo repetía una y otra vez:

...Déjame que te hable también con tu silencio 
claro como una lámpara, simple como un anillo. 
Eres como la noche, callada y constelada. 
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo…

Si por casualidad dejaba en el suelo su vasito de agua, la gente le arrojaba monedas. Pero ella no era una mendiga. Se sabía la musa de un poeta, eso lo recordaba precisamente. Cuando él falleció… ella enloqueció de dolor.


2.8.12

HIJO








Quise mirarle, para decirle despacio que no tenía nada que temer. No de mí precisamente. Pero no lo hice. Opté por correr tras el peligro que representaba desafiar al viento. Salí volando y nunca le dije que podía sentirse seguro sin mí. Tal era mi afán de protegerle. Partí, sin darle la oportunidad de despedirse. Y entonces fue cuando comencé a echarle de menos. Me dolía la boca del estómago. Sentía un vacío mezclado con terror. El temor a comenzar de nuevo a deambular sin su sombra.

La señora corpulenta y feliz que me tropecé nada más salir a la intemperie era una mala copia de mí misma. ¿Era yo, rebosando michelines por todos lados?  Seguía mirándome con rabia. O quizá con desdén. Me sobraban kilos, me sentía un fantoche. Mi sombra ahora valía por los dos. No le dije que temía que el paso de los años le hubiera marcado a fuego. Ni le recordé tampoco mis desvelos cuando berreaba a pulmón partido. Supuse que él podría perdonar todos mis errores. Yo, desde la mole en que me había casi convertido, quería transmitirle sosiego, cantarle una nana, acurrucarle en mi regazo de madre adulta. No quise culparle de mi malestar. Pero tampoco le dije lo que debí  para que al menos se fuera tranquilo. 

En mi precario vuelo de baja altura, sentí de nuevo que él no estaba. Ahora, lejos uno del otro, yo quería al menos llorarle. No serviría de nada mi llanto, pero al menos habría sido un desahogo.

Mientras tanto, sólo me tropezaba con mi imagen desconocida. Brillaba con todo mi esplendor en la luna del escaparate sin que nadie reparara en mí. Pensé en todas las veces que fui el ratón Pérez, el payaso improvisado de sus cumpleaños, la gallina que en varias ocasiones le arropó bajos sus cansadas alas… y de pronto sentí que fue una torpeza no haber podido decirle que en realidad podía contar conmigo en cualquier circunstancia.

No sé cómo fue que empecé a cambiar de talla. Mi escueta figura fue desapareciendo, y yo me convertí en un globo hinchado. No reconocía mis manos ni mi cara. Mi pelo sedoso se tornó reseco y mis pies, cansados de soportar tanto volumen, no respondían a mis deseos de deambular. Así que pensé en volar. Durante un tiempo estuve ocupada buscando un sitio adecuado. Deseaba que el viento soplara bien fuerte contra mi cara. Ahora estaba en la duda, no terminaba de elegir mi aeródromo.

Mientras pensaba en él, una inevitable vuelta al pasado me hizo sentir la precariedad de la existencia de cualquiera: la mía, la suya… evocar su manita asida a mí me recordó lo imprescindible que llegué a ser en su vida. Era apenas un bultito de tres kilos cuando nos conocimos. Entonces, su papá, fascinado, miraba sus piecitos y decía que parecían de un muñequito de comics. Ahora se había ido, no sé si para siempre. Pero no estaba. Y de pronto compruebo que todo el tiempo me sobra, que ya no puedo protegerle, que ni siquiera debo entristecerle…

         Volar… está bien volar. Él nunca deberá saber que he renunciado a este vuelo por él. Por si resulta que mañana vuelve. Si no vuelve nunca, si no vuelve vivo… de poco habrá servido desafiar a los tanques en desfiles pacifistas, o haberme encadenado junto al gobierno militar. Gracias a eso tengo ficha policial. Se sabe que soy yo, por las huellas y los datos ya que de aquella preciosidad rebelde y flaquita no queda nada.

         Hijo… lloré desconsoladamente cuando perdimos aquel referéndum. Hoy te vas jubiloso a jugar a soldaditos. Debería pensar que es tu camino. Decirte que te vaya bien y todo eso. Confiar contigo en que estarás bien… Más no puedo. Solo siento deseos de volar…. Y no me atrevo.

         La detestable luna de las tallas especiales me guiña un ojo para que levante la mano. Banderitas, mentiras, taconeos, fusiles, dolor, carne, muerte, cañón, napalm , locos, ricos,  ¡aarr!, ¡aarr!, ¡aarr!, ¡aarr!,  ¡aarr!….

         -Dios deberá bendecirte por su cuenta- me atreví a decirle fingiendo hacer un chiste- ya sabes que no soy creyente.

27.7.12

" LA ORIENTALA"





Montevideo, año 1910. Mi abuela y mi bisabuelo. 


Mi abuela María Luisa era muy intuitiva. Tenía premoniciones de lo que habría de pasar, o simplemente sabía interpretar las señales. Dormíamos en la misma   habitación y hablábamos con la luz apagada, hasta que alguna de las dos caía rendida por el sueño. Me contaba historias del pueblo... algunas me daban miedo y yo me sentía segura bajo las mantas, tapándome hasta la cabeza.

Me hablaba de un libro "bonito" pero triste, que había comprado una vez a un viajante que pasó por allí. Eran dos grandes tomos con letra menuda que guardaba en la parte baja de la mesilla de noche.

La historia de "Genoveva de Brabante" -decía- pero siempre que intentaba leerlo, terminaba llorando. Y razón tenía. Las tres o cuatro veces que sacó uno de aquellos pesados libros, las dos terminamos  a moco tendido. Así que dimos tal tarea por imposible. Yo alguna vez intenté leerlo a escondidas, como si estuviera cometiendo un delito, terminado siempre en un llanto que nublaba las letras. Nunca llegué a saber el final de aquella princesa abandonada a su suerte, de la que el verdugo se apiadó, dejándola a solas en el bosque con su hijo.

 Sin duda mi abuela se identificaba con ella, dejando así escapar su dolor, que de otra forma permanecía anestesiado y reprimido.

Una de aquellas noches se despertó inquieta. Tal era su desasosiego que me despertó también.

-Algo grave ha pasado, los perros de Frasquita están llorando. Nada bueno, seguro que alguna desgracia. ¡Dios mío! ¿Qué habrá pasado?

La respuesta llegó por la mañana. Un vecino se había suicidado. Eligió un aljibe para tirarse dentro. Pasó por delante de la casa de Frasquita, cuando aullaron los perros que olieron a muerto. Siguió andando y pasó detrás de nuestra casa, y por fin se tiró unos cien metros más abajo, en el aljibe más grande del pueblo: en la casa de Marcial el marchante, que no cayó en la cuenta al sacar el agua, por la mañana, de que había en el muro de piedra, cerca del brocal, un sombrero y dos soletas.

El suicida dejó una carta. Cuando en el cafetín del pueblo se supo la noticia, aún no había aparecido el cadáver. Marcial salió corriendo ante la sospecha que era casi una certeza. Cuando abrió la tapa del aljibe allí estaba el ahogado, boca arriba, descalzo y sin sombrero, pero con toda su ropa puesta.

Esta pesadilla tuvo al pueblo sublevado por un tiempo. Los rumores iban y venían. Que si habían tenido que tirar toda el agua -gran desgracia por entonces- que si  enfermaron todos en la casa, solo de pensarlo ya que habían usado el agua sin saberlo, que si tiraron la comida a la basura...y hasta la precisa frase de Marcial cuando lo vio dentro:

-¡Ahí estás, cabrón, ensuciándome el agua!

-Ya sabía yo que había pasado una desgracia, los perros de Frasquita lloraron mucho rato -sentenció la abuela-encontrando por fin respuesta a su pregunta.

Para confirmar su augurio de que el calendario tenía algo que ver con todo el desaguisado de su vida, mi abuela murió un día trece, noventa y cuatro años más tarde de aquel trece de agosto, en el que vino al mundo en una ciudad de prestado: Montevideo.

Mis bisabuelos y sus dos niños varones, emigraron a Uruguay en pleno reclutamiento para la guerra de Cuba. No querían ser carne de cañón en una guerra que en absoluto era la suya. No contaban con las mil quinientas pesetas que compraba una dispensa para mi bisabuelo, ni siquiera con la setecientas cincuenta con las que se conseguía una incapacidad amañada.

En pleno exilio nació la niña, mi abuela María Luisa. Era el año 1904. Siempre estuvo muy orgullosa de decir a quien quisiera escucharla que ella era "orientala"







23.7.12

EL PAR DE ZAPATOS


      Hasta que no se instaló en su asiento de la guagua, para volver a casa, no cayó en la cuenta de que llevaba todo el día con dos zapatos distintos. Eso sí, eran del mismo color. Sintió una especie de bochorno, y entonces reparó en que en realidad, había notado a lo largo de todo el día que su pie derecho andaba ligeramente más holgado que el izquierdo. Intentó esconder los pies bajo el asiento, percatándose no obstante, de que ésta era una tarea inútil, pues aunque en nadie mirara sus pies -o al menos eso parecía-, ella se sentía el blanco de todas las miradas.

Pero no sólo eran sus zapatos, tampoco había caído en la cuenta de  que su camiseta y sus pantalones no entonaban demasiado, y no digamos nada de su ropa interior. La había cogido medio dormida del cajón, y juraría que si las bragas eran de color negro, el sujetador sería blanco, o viceversa.

Hacía tiempo que ella no miraba mucho para sí misma, no solo por falta de tiempo -que también-, sino porque de alguna manera se había impuesto una austeridad que justificaba consigo misma en aras de una necesaria comodidad. Hasta tal punto, que sus propias compañeras de trabajo dijeron, sorprenderse de lo bonitas que eran sus piernas, la primera vez en tres años en que la vieron con una falda casi corta que ella guardaba desde tiempos inmemoriales.

 Pensaba que no quería ser esclava de la moda, que no tenía intención de ir cada día al gimnasio a luchar contra la evidente flaccidez de sus músculos, que su belleza interior era la que realmente contaba… Pero el día en que se tropezó con sus dos zapatos de pares diferentes, uno con lengüeta y otro sin ella, decidió que debía hacer algo con su apatía autoimpuesta.

De joven, tan ocupada de los niños, del trabajo, de bajar la montaña de camisas cada domingo, pues progre todo lo que quieras, pero su marido -progre también- no iba a aparecer en su trabajo con una camisa arrugada. De lunes a viernes trabajaba y hasta encontraba un espacio para la militancia, el compromiso social, y todas esas cosas que tanto marcaron a las personas jóvenes de su generación. El fin de semana tocaba tareas domésticas y visitas familiares. ¿Qué espacio quedaba para cuidar de sí misma o para divertirse? Poco, la verdad es que bien poco. En parte porque faltaba siempre tiempo, o porque se sentía muy cansada y en parte porque siempre andaban sin un duro, con lo justito.

Vio crecer los niños, guardando su primer diente de leche. Fue a todas las manifestaciones pacifistas de entonces, hasta que un buen día, sin que ella lo tuviera previsto, su marido progre le espetó en la cara que se había enamorado de otra. Aquel hombre con el que aprendió a hacer el amor, con el que había pasado noches en vela mientras los niños tenían la varicela, el hasta ahora dialogante y buen compañero... se había enamorado de otra.

Encajarlo no resultó fácil -aún trata de encajarlo-, pero no exactamente el  de que él se fuera de su vida por sorpresa -desde entonces no ha vuelto a planchar más camisas, todo hay que decirlo-, sino el hecho triste y jodido de que se sintió literalmente despreciada. Tan cogida de sopetón, que solo le dio por llorar. El mundo se volvió por un tiempo gris oscuro, y ella se preguntaba una y otra vez qué carajo tenía aquella otra mujer para que él la abandonara, después de tanto día a día compartido.

Pasado el tiempo, ella supo que en realidad nadie se muere de desamor. Rememoraba el sexo aburrido y monótono en que andaban en su último período de relación, y reconocía con certeza, que  lo que realmente le ha impedido levantar cabeza en este tiempo, ha sido no solo su orgullo herido, sino también ese cansancio denso acumulado, que le ha llevado a no hacer nuevos intentos, a volverse casi invisible. Enfrascada en lecturas formativas, en la lucha por la causa de las mujeres, en el cuidado de los hijos, que pasaron de usar pañales a la maquinilla de afeitar, casi sin que ella pudiera darse cuenta...

 Ocupada del trabajo, de mantener la casa en orden y su vida programada, no había reparado hasta el incidente de sus zapatos en que necesitaba abrazos, que la vida se le escapaba de las manos, que el tiempo pasaba veloz, que los chicos seguían su camino, y que ella aún no podía disfrutar de cosas simples dejando la culpa tras la puerta.

No tenía muy claro cuales iban a ser sus próximos pasos. Sabía a ciencia cierta que ella era la única responsable de sí misma.

Pensó que si mañana fuera el último día que tuviera de su tiempo, lo último que le preocuparía sería su atuendo. Percibió lo efímero de la vida, decidiendo de pronto, que ya iba siendo hora de vivirla intensamente. 

En mitad de la calle se quitó los zapatos, y descalza, echó a correr con una especie de extraña sensación de libertad, mientras reía a carcajadas.