22.8.12

ES TAN POCO

          

       ES TAN POCO

Lo que conoces
Es tan poco
Lo que conoces
de mí
lo que conoces
son mis nubes
son mis silencios
son mis gestos
lo que conoces
es la tristeza
de mi casa vista de afuera
son los postigos de mi tristeza
el llamador de mi tristeza.
 (Mario Benedetti
          
Mostrar las nubes, los silencios, los gestos, la tristeza... es desvelarse, desde la intimidad más absoluta. Es... romper la soledad frente al vacío. Significa algo más que todo eso: viene a expresar el deseo de querer dejar de andar por pasillos inhóspitos  con fantasmas de carne y hueso.

Destapar la tristeza es... rodear el miedo con un velo de esperanza, dejar de disfrazar con una máscara de euforia la propia herida, buscando quizá un bálsamo milagroso. Exhibir la tristeza es poco, y sin embargo es todo. Quien busca interlocutor a su tristeza, también busca compartir la soledad. Dejar de ser un ser anónimo que merodea, parar pasar a tener un espacio propio en el otro silencio.

Te he buscado durante todo este tiempo. Lo supe desde el momento en que sentí tu piel. Cuando por fin pude sentir mi llanto, mis silencios, mis penas, mis miedos, mis alegrías... para poder compartirlos con los tuyos.



19.8.12

Recuerdos de Uruguay



                                      Montevideo 1010. Esther, la amiga de mi bisabuela.


De niña, mi abuela  era el centro de todas las miradas de su familia. Llegada de forma sorpresiva  en la plenitud de la madurez de sus padres, era menuda y resuelta. En cierto modo, significaba un seguro para la vejez. Una hija siempre era una garantía. Como efectivamente, así fue. Sus padres y hermanos la cuidaron con celo y cariño, como si de una delicada joya se tratara.

Ella recordaba,  ya en su propia vejez, retazos de aquella vida en Uruguay, que no volvería a recuperar nada más que en su prodigiosa memoria.

-“Una vez me subieron en un globo y era todo muy bonito desde allí arriba. Había una fiesta y lo pasamos bien. Mi madre y Esther nos esperaron abajo. Yo subí en los brazos de mi hermano. Fue una pena que mi madre no se encontrara nunca a gusto del todo. Solo pensaba en volver. Se metía en la cama, y podía estar varios días con jaqueca. Hicimos un viaje muy largo en barco hasta que pisamos tierra en Las Palmas. Yo nací en el año cuatro y cuando nos volvimos tenía seis años. Pero un día trece, mala suerte nacer un día trece “– decía con aplomo-

Mis bisabuelos arribaron a las Islas Canarias el 22 de junio de 1911. La niña venía aferrada a una muñeca –regalo de Ester- y con un pequeño baulito de paja a modo de bolso y que aún existe. Antes de partir se hicieron fotos, dejaron algunas a Esther, como recuerdo. Como una premonición de futuro, mi abuela y su padre se hicieron una foto juntos, en Montevideo. Ella tenía seis años y mi bisabuelo,  cuarenta y tres. Solo la muerte les separaría. Esa foto llegó a mis manos junto con el mortero.


Toda la familia por delante, fue la insistencia y el innegociable trato de mi bisabuela. Obstinada y terca, ella no entendía eso de que los hijos son en realidad, los hijos de la vida. Era su familia, lo sentía de forma visceral. Con gran esfuerzo sobrevivieron fuera, se adaptaron a otras costumbres y a otro clima, renunció a ver su paisaje y a su gente durante casi veinte años, pero no iba a dejar a nadie tras su retorno. Todos con ella, fue su última palabra, tan rotunda que no cupo discusión.
 Pese a que la avenida de Benedetti ya está sin árboles.
En las bodegas del barco “Nuestra Señora de la Encina”, viajaron las familias pioneras que fundaron Montevideo, recibiendo idéntico trato que la carga. Soportando un largo viaje que podía durar hasta tres meses, una especia de esclavitud encubierta que les tocó vivir a nuestros antepasados, abriendo brecha , desde 1726 para sucesivas y posteriores oleadas migratorias. Fundamentalmente de Lanzarote y Fuerteventura, entre 1835 y 1850 alrededor de 8.000 personas, contribuyeron a “canarizar” aún más el bello país de la República Oriental del Uruguay.



-“Vine con mis hijos, y con mis hijos vuelvo” –dijo tajante- ya nadie se atrevió a contradecirla.

Los chicos ya estaban en condiciones de ganarse la vida, y preferían el vasto horizonte de esta nueva tierra  -la más tempranamente europeizada de toda América Latina, dijo alguien-  que ya habían hecho suya, antes que el retorno incierto a los cultivos, arrancados con sudor en su isla de origen.

Pero allí mandaba la matriarca, y se llevó consigo a todos los cachorros. Prepararon el retorno, con algunos ahorrillos para volver a comprar casa y tierras. Juntaron sus pertenencias, y arribaron de vuelta a la isla que, por aquel entonces, parecía haberse quedado estática en el tiempo. Aparentemente nada había cambiado. Las mismas casas, la misma gente, el mismo sol.

Para la niña, en su nuevo espacio, todo era novedoso y grande, tal y como lo alcanzaba a ver desde su diminuta estatura. Pero, nada le resultaba familiar. Exploraba un mundo desconocido de calles de tierra, casas blancas, sol de justicia y campos de picón. Y efectivamente, allí estaba el mar, era tan azul como su madre la había contado. Intensamente azul. A veces, atisbaba el horizonte, pensando que en un golpe de suerte podría ver su antigua casa,  la pulpería de la esquina, o la vieja escuela dónde ya había empezado a aprender las letras. Por las noches soñaba, que había recuperado  a sus amigos y su calle, para luego despertar y comprobar, que todo había sido un sueño. Siempre extrañó a Montevideo.

Adquirieron una vieja casa que debió ser reparada. Tenía en común con la chacrita de Montevideo, un pequeño patio con un arbolito en el centro. Pero no era el mismo arbolito, no tenía flores. Y apenas daba sombra. Tres cuartos grandes y una cocina con poyete, un locero, una pila de barro para el agua fresca, la despensa y el sitio de la lumbre.

Mi abuela, desde niña, demostró tener un don para las flores y las plantas. La casa pronto parecía un vergel. Las cuidaba, las regaba, les limpiaba bichos y hojas secas. Sabía las propiedades curativas de cada una, el pasote, manzanilla, ruda, hierba luisa, caña de limón, tomillo, mejorana.... hongos, gastritis catarros o urticarias. Para cada dolencia, había un planta.

Pese a todo, había que ahorrar el agua. En cualquier sitio era un bien preciado, pero en aquella isla seca y agreste, hacía falta una buena aljibe para pasar el verano y dar de beber a los animales. Si sobraba algo era para las plantas. Los cultivos, desde antaño, sobrevivían sin agua. Hasta tres cosechas distintas en una misma temporada, alternado las semillas: papas, millo, judías…Los campesinos cubrían de cenizas del volcán la fértil tierra. Con esta arena negra, la humedad retenida dejaba que las simientes germinaran. Así fue siempre. Por eso parte de la vida del campo consistía en mirar el cielo, plantar antes de las lluvias, pero con el tiempo suficiente para que la semilla, reseca, no se perdiera. Cosa que era muy posible que ocurriera si un año no llovía. En ese caso, ni cosecha, ni agua en el aljibe para pasar el verano… y a esperar con paciencia.

Mirando al cielo mi abuela conocía las estrellas y me explicaba dónde andaba cada constelación a la que llamaba coloquialmente “el arado”, “el lucero del alba”… sabía que el halo de la luna barruntaba más calor para mañana y que contar las estrellas, hacía que las manos se llenaran de verrugas, que luego para curarlas había que pasarles un trozo de carne y enterrarlo hasta que pudriera. Igual tenía su truco liberarse de los dolorosos picos de erizo de mar, si entraban en un dedo o en el talón del pie, que solo salían cuando subía la marea y la minúscula parte del animal, como si tuviera vida, empujaba hacia fuera. Entonces era el momento de sacarles con un alfiler, que previamente se había pasado por el fuego.

 En parte,  lo que provocó la salida desesperada de la isla por parte de mis bisabuelos, no había sido toda culpa de la guerra. Las sequías sucesivas habían ocasionado muchas hambrunas. Seguidas en alguna ocasión de plagas de langosta que arribaban en la playa, pues llegaban flotando en el mar como enormes bolas. Pese a los muchos aspavientos para ahuyentarlas, consistentes el palos y humaredas, los cigarros berberiscos como les denominan las crónicas, no hacían más que aumentar la pobreza de los isleños. Se comían cualquier cosa que fuera verde y tuviera vida.

Mis tatarabuelos y parientes hubieron de salir a escape, en oleadas sucesivas que se van dando a medida que la sequía les dejaba morir de hambre y los emergentes terratenientes estaban dispuestos a comprar sus resecas y sedientas tierras por dos perras. El boyante negocio de tráfico humano no es un descubrimiento reciente. Muchos se enriquecieron fletando barcos que llenaban hasta sus topes, llegando lo pasajeros a pasar hambre y sed e incluso a morir en el intento.  Por empeñar, habían vendido hasta su trabajo futuro en años sucesivos para redimir el pago del billete.

Una oleada importante de canarios,  salían a la desesperada, a medida que las cosechas se perdían y el hambre arreciaba, no pudiendo ni disponer del dinero para pagar las contribuciones de las casas, donde dejaban caer sus cansados huesos.

Mi bisabuelo, Casiano Perdomo nacido en 1868, fue hijo de todos estos vaivenes y vapuleos. En el momento de partir lo hizo al amparo de amigos y parientes que les habían precedido. Era un muchacho de casi treinta años cuando salió de la isla con esposa y dos hijos.

Pero retornaron, una vuelta inesperada, ya que la mayor parte de los que pasaban más de veinte años fuera, no volvían. En sus vidas, en su acento, en sus costumbres y en su olor venía un cachito de Uruguay y ya se quedaría con ellos para siempre.

 Igual que allá en la República Oriental, quedaría para siempre, sus estelas, junto a  la “phoenix canariensis”. El otro único lugar del mundo donde crece a su libre albedrío la frondosa  palmera canaria, solidarizándose así con sus paisanos, haciéndoles más suave el exilio. Ellos transportaron las semillas y, más tarde, se adaptaron a esa tierra. Al tiempo que cerca, crecían sus palmeras que aún perviven,  jalonando durante varios kilómetros la carretera que conduce a Montevideo, incluso junto al monumento en la misma plaza de la Independencia, custodiando la estatua de   Artigas -el cual también tenía ascendencia canaria-.


 Eso dicen: / que al cabo de nueve años / todo ha cambiado allá. / Dicen que la avenida está sin árboles, / y no soy quién para ponerlo en duda. ¿Acaso yo no estoy sin árboles y sin memoria de esos árboles /que, según dicen, ya no están?".
 (Mario Benedetti).

He sabido que en Uruguay se consume gofio -producto genuinamente canario-  y que las madres duermen a sus niños cantándoles el arrorró.

 El “tributo de sangre”,  exigía que para poder transportar mercancía a América desde Canarias, era imprescindible llevar también carga humana -cinco familias para repoblar las colonias por cada cien toneladas de mercancía-. 


Retornaban trayendo consigo hablas y costumbres de un país que también era el suyo, de una tierra inmensamente llana, muy verde, muy fértil, con un clima moderado húmedo y templado, con gente amable y acogedora. 

Dejando afectos y paisajes, cumpliendo lo que parecer ser que es el sino de cualquier emigrante “volver a su tierra”, ya que en principio casi nunca la salida es con un fin irretornable.

Así mismo volvieron mis bisabuelos, con sus pobres baúles repletos de recuerdos.

El patio de la casita de mis bisabuelos, que pudimos disfrutar varias generaciones.  En la foto, mi abuela María Luisa, mi hijo Marcos y yo. 

16.8.12

CON LA LLUVIA



          

Lo que sucedió aquella tarde mientras ella corría bajo la lluvia era totalmente imprevisible. Venía, como siempre, apresurada, con dos bolsas del supermercado, haciendo recuento mental de todas las tareas que le esperaban cuando llegara a casa.
        
Ni quería abrir la puerta, un vaho a cerrado le recordaría que todo seguía tal cual lo había dejado por la mañana, cuando apresuradamente miraba el reloj, cogía las llaves y tiraba literalmente de los niños.

La llegada a casa significaba una maratón interminable con la cena, la lavadora, la plancha, el fregadero... allí seguirían hasta la mantequilla y la caja de cereales del desayuno. Se sentía cual Penélope, tejiendo y destejiendo cada día.

Todo eso rondaba desalentadoramente por su cabeza, mientras rogaba a dios para que saltara el semáforo y poder cruzar la calle de una vez. El agua se había metido en sus zapatos, en su ropa, en su piel. Sus pechos y su pubis estaban también empapados.

Así pensaba, cuando miró aquel anuncio. Una chica rubia y desnuda, talla treinta y ocho, estaba subida a la grupa de un caballo blanco, al que abrazaba. Su único atuendo eran unos zapatos rojos que se ataban al tobillo y llegaban hasta media pierna. Una larga melena le cubría parte de la espalda, y su mirada intensa parecía transmitir seguridad.

Se miró de pronto a sí misma, con la ropa empapada, el pelo reseco y con falta de tinte en la raíz. Sus zapatos, ya para la basura, que venían durando tres inviernos. Pensó entonces, que si tuviera un caballo tan bonito, estaría lejos, galopando con él...

Recordó que apenas diez años atrás, su pelo era sedoso y largo, su piel no tenía estrías, ni celulitis y, además, se solía tomar unos minutos cada mañana para maquillarse...

Soltó las bolsas en el suelo y lloró sin consuelo, pensando que podía venir toda la lluvia que quisiera, formar un caudal, arrastrarla hasta el mar... que posiblemente, hasta la hora de la cena, nadie se percataría de su ausencia.

Entonces, ocurrió lo insólito: el caballo blanco cobró vida y saltó del cartel. Ella, se quitó los zapatos y corrió hacia él, con la firme idea de irse galopando muy lejos. Por primera vez en su vida fue rebelde, y una sensación de libertad recorría su mojado y agotado cuerpo. Se fue, y milagrosamente, con ella, desapareció la lluvia.

8.8.12

LA ENCANTADORA DE GERANIOS




No dejo de observarla, me fascina. No quiero  ni siquiera saber cuál es su tono de voz. Tampoco necesito conocer su nombre, ni donde pasa el tiempo en sus largas ausencias. No deseo tener ningún dato fiable o creíble que la transforme en humana, vulgar y corriente. No sé si duerme bajo un puente o si en realidad elije una nube o un lecho de flores cada noche. Ignoro en qué rastro consigue sus largas y floreadas faldas, ni cuál es el contenido de su bolso, que sostiene fuertemente asido con su mano desocupada. Desconozco quien corta su pelo, o como logra pintarse las uñas de sus dos manos. No se tampoco si es zurda o diestra, si vive con alguien o si no tiene familia. Su edad es indefinida, aún así no quiero arriesgarme a suponer cuantos años tendrá.

Todas esas preguntas sin respuesta la convierten en una especie de ser de otro mundo. Creo que la he tropezado alguna vez en mis sueños persecutorios, cuando de pronto me he visto en mitad de la calle sin ropa, o cada vez que a modo de pesadilla bajo una escalera pendiente y empinada por la que temo caer sin control.

En esos sueños repetitivos y angustiosos la he divisado, ocupada en su tarea, sin reparar en mi descontrol, sin percatarse de mi drama. Me da la espalda, igual que lo hace con los conductores en su carretera cada día. Me ignora. Me mira de reojo, desde el azul intenso, sin embargo no me ve. No quiere ver a nadie. Ni siquiera sabe que la admiro, como a Benedetti, a Saramago, al Principito, a Tom Sawyer, a doña Melitona mi maestra… todos mis héroes de adulta y de niña, resumidos en sus parterres de geranios rosa y rojo.

Lo cierto es que….

Coleccionaba poemas de amor. Los memorizaba todos y se los recitaba a sí misma. Soñaba con que era la musa de un poeta. Al caer la noche, se tumbaba vestida en la cama de puro cansancio.

El día se le pasaba deambulando de acá para allá. No recordaba su nombre, ni siquiera su edad.

Iba cada mañana a limpiar los geranios de los parterres de la autovía. Unas plantas más muertas que vivas, que depositaron allí unos jardineros cuando se inauguró la carretera y vinieron los políticos. Se empeñaba a conciencia en quitarles malezas y gusanos en una ardua jornada de trabajo.

Después, paraba en un comedor social donde podía saciar su hambre frugal sin problemas y conseguir ropa limpia y una buena ducha.

Los conductores la miraban con curiosidad, a veces hasta con sorna. Paraban cuando el semáforo se ponía rojo y se preguntaban si esta mujer estaba loca, limpiando geranios llenos de hollín, como si le fuera la vida en ello, con sus faldas estridentes, su pelo rapado y sus labios pintados de un rojo intenso.

Para ella, el resto de los mortales, eran invisibles. Le preocupaban sus flores y los pulgones.

Todos creían que hablaba sola, pero eran los veinte poemas de amor y la canción desesperada de Pablo Neruda. Le gustaba especialmente el número quince, que se lo repetía una y otra vez:

...Déjame que te hable también con tu silencio 
claro como una lámpara, simple como un anillo. 
Eres como la noche, callada y constelada. 
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo…

Si por casualidad dejaba en el suelo su vasito de agua, la gente le arrojaba monedas. Pero ella no era una mendiga. Se sabía la musa de un poeta, eso lo recordaba precisamente. Cuando él falleció… ella enloqueció de dolor.


2.8.12

HIJO








Quise mirarle, para decirle despacio que no tenía nada que temer. No de mí precisamente. Pero no lo hice. Opté por correr tras el peligro que representaba desafiar al viento. Salí volando y nunca le dije que podía sentirse seguro sin mí. Tal era mi afán de protegerle. Partí, sin darle la oportunidad de despedirse. Y entonces fue cuando comencé a echarle de menos. Me dolía la boca del estómago. Sentía un vacío mezclado con terror. El temor a comenzar de nuevo a deambular sin su sombra.

La señora corpulenta y feliz que me tropecé nada más salir a la intemperie era una mala copia de mí misma. ¿Era yo, rebosando michelines por todos lados?  Seguía mirándome con rabia. O quizá con desdén. Me sobraban kilos, me sentía un fantoche. Mi sombra ahora valía por los dos. No le dije que temía que el paso de los años le hubiera marcado a fuego. Ni le recordé tampoco mis desvelos cuando berreaba a pulmón partido. Supuse que él podría perdonar todos mis errores. Yo, desde la mole en que me había casi convertido, quería transmitirle sosiego, cantarle una nana, acurrucarle en mi regazo de madre adulta. No quise culparle de mi malestar. Pero tampoco le dije lo que debí  para que al menos se fuera tranquilo. 

En mi precario vuelo de baja altura, sentí de nuevo que él no estaba. Ahora, lejos uno del otro, yo quería al menos llorarle. No serviría de nada mi llanto, pero al menos habría sido un desahogo.

Mientras tanto, sólo me tropezaba con mi imagen desconocida. Brillaba con todo mi esplendor en la luna del escaparate sin que nadie reparara en mí. Pensé en todas las veces que fui el ratón Pérez, el payaso improvisado de sus cumpleaños, la gallina que en varias ocasiones le arropó bajos sus cansadas alas… y de pronto sentí que fue una torpeza no haber podido decirle que en realidad podía contar conmigo en cualquier circunstancia.

No sé cómo fue que empecé a cambiar de talla. Mi escueta figura fue desapareciendo, y yo me convertí en un globo hinchado. No reconocía mis manos ni mi cara. Mi pelo sedoso se tornó reseco y mis pies, cansados de soportar tanto volumen, no respondían a mis deseos de deambular. Así que pensé en volar. Durante un tiempo estuve ocupada buscando un sitio adecuado. Deseaba que el viento soplara bien fuerte contra mi cara. Ahora estaba en la duda, no terminaba de elegir mi aeródromo.

Mientras pensaba en él, una inevitable vuelta al pasado me hizo sentir la precariedad de la existencia de cualquiera: la mía, la suya… evocar su manita asida a mí me recordó lo imprescindible que llegué a ser en su vida. Era apenas un bultito de tres kilos cuando nos conocimos. Entonces, su papá, fascinado, miraba sus piecitos y decía que parecían de un muñequito de comics. Ahora se había ido, no sé si para siempre. Pero no estaba. Y de pronto compruebo que todo el tiempo me sobra, que ya no puedo protegerle, que ni siquiera debo entristecerle…

         Volar… está bien volar. Él nunca deberá saber que he renunciado a este vuelo por él. Por si resulta que mañana vuelve. Si no vuelve nunca, si no vuelve vivo… de poco habrá servido desafiar a los tanques en desfiles pacifistas, o haberme encadenado junto al gobierno militar. Gracias a eso tengo ficha policial. Se sabe que soy yo, por las huellas y los datos ya que de aquella preciosidad rebelde y flaquita no queda nada.

         Hijo… lloré desconsoladamente cuando perdimos aquel referéndum. Hoy te vas jubiloso a jugar a soldaditos. Debería pensar que es tu camino. Decirte que te vaya bien y todo eso. Confiar contigo en que estarás bien… Más no puedo. Solo siento deseos de volar…. Y no me atrevo.

         La detestable luna de las tallas especiales me guiña un ojo para que levante la mano. Banderitas, mentiras, taconeos, fusiles, dolor, carne, muerte, cañón, napalm , locos, ricos,  ¡aarr!, ¡aarr!, ¡aarr!, ¡aarr!,  ¡aarr!….

         -Dios deberá bendecirte por su cuenta- me atreví a decirle fingiendo hacer un chiste- ya sabes que no soy creyente.