5.2.13

El limbo







No quiso decir nada más. Se sentó en el suelo. Miró a su alrededor. Se frotó los ojos cansados con el reverso de sus manos. Dejó que unas gotas de sudor se deslizaran por sus sienes. Miró al vacío, con la mirada perdida. Sintió una especie de náuseas en la boca de su estómago. Decidió no decir nada más por un tiempo. Cerró su boca. Calló, obstinadamente. Tanta pelea para nada. Tanta batalla para nada. Total, para nada. Era una minúscula partícula en el cosmos. Es decir, era poco más que nada. Nada. Así que optó por callar. Por no decir nada más de ahora en adelante.

Su corazón palpitaba. Lo sentía palpitante. El ritmo de la sangre bombeando por sus venas era todo un desafío. Recordaba, a su pesar, que estaba viva. Pese a que quería morir. Deseaba intensamente morir. Si estuviera muerta, al menos no tendría que vérselas consigo misma en este fatídico instante en el que deseaba morir. Cerrar los ojos y morir. No pensar en nada. No decir nada. Llorar. Estaba cansada de llorar. Lloraba ausencias, soledades. Lloraba por el hijo que nunca tuvo. Lloraba por un amor imposible. Lloraba por la precariedad de su propia vida. También lloraba por él. Sentía su ausencia y lloraba.

Cerrar la boca sería lo mejor de ahora en adelante. No saber nada más, de nada ni de nadie. Silencio. Solo desde el silencio podría acallar su llanto. Su llanto estaba lleno de ausencias, de corazones rotos, de despedidas. No quería saber nada más. Solo desde aquel absoluto silencio divagaba por las avenidas de sus recuerdos, sin quedarse en ellos o a pesar de ellos. Así que sentada en el suelo sentía el frío. El suelo estaba tan frío como su corazón. En este momento estaba gélido, pero no siempre había sido así. Por eso lloraba. Por todo lo que había sido y ya no era.

Afuera, un balón golpeaba en el asfalto: “pum, pum, pum, pum, pum...” Insistente. Como las ideas que martilleaban en su cabeza. Que se calle el niño, por favor -pensaba-. No puedo soportar ese ruido. Toda la atención se le iba a aquel balón golpeante. Ahora no le interesaba tanto callarse. Le interesaba más que callara el niño, por favor. Ella tuvo un niño. Pero nunca pudo abrazarle. Ahora no estaba. El niño se fue. Al limbo, dijo el cura. Se fue y ella no acertó a abrazarle ni una sola vez. Lo del limbo era una estupidez. Eso lo tenía claro. Una estupidez absoluta. Era su niño. Estaba con ella, siempre lo estaba.

El suelo estaba frío. Sentía el frío. Era inmenso. Como su soledad. Como su tristeza. Inmenso. Lleno de recuerdos. No pensaba decir nada más. Ya había dicho bastante a lo largo de toda su vida. No pensaba acarrear ni una sola bolsa más de comida. Estaba cansada de su papel de proveedora de alimentos. Total para qué tanto jaleo. El balón insiste, se aproxima hacia la puerta. El “pum, pum, pum, pum...” es ahora persistente. Cercanamente insistente. -No soporto más este ruido, por favor que se calle. El niño que golpea el balón está vivo. Su niño en el limbo, dice el cura. -¿Cómo puedo llegar hasta el limbo y rescatarle? -se decía ella-.

Entonces pensó en sentarse allí. Irse ella misma al limbo. Al de los calcetines perdidos. Tenían que estar en limbo. ¿Dónde si no? Tenía muchos calcetines desparejos. La pareja estaría en el limbo. Porque ella les había buscado con insistencia. Hasta que se cansó. Se hartó de tanto buscar. Tiró la toalla. Como ahora. Sentada en el suelo quería irse al limbo. Si solo fuera cuestión de irse, no estaría ahora así, sentada mientras el sudor le chorreaba. Sentada mientras venía de correr. Mirando al vacío y sentada. En su inmensa soledad. Allí, en el suelo. Sentada, mientras el “bum, bum, bum, bum...” iba y venía en la calle. Exhausta, en el suelo, no quería saber nada. Los sonidos del exterior le aislaban de sí misma.

Sentía aquel frío intensamente. Como le sintiera a él una vez. Antes de que él se fuera todo era distinto. Ella reía. Reía a todas horas. Desde su marcha -la de él-, ella se volvió huraña. Con motivo o sin él, se volvió arisca. Después de haberse ido él, se fue el niño. Él, él, él... lo abarcaba todo. Era un sin sentido. Lo sabía. Sabía que todo sin él era un sin sentido. La casa y su vida sin él eran más que una emboscada. En realidad eran una trampa. Una trampa absurda.

Sin rencores. Pensaba en él sin rencores. Le recordaba sin recelos. Le tuvo. Mientras fue le tuvo. Tenía la absoluta certeza de haberle tenido. Ahora no estaba. Pero al menos sabía que no estaba en el limbo. Él estaba vivo. Prodigando abrazos en otro cuerpo, pero vivo. Ella, triste. No porque él abrazara otro cuerpo sino porque no le abrazaba a ella. Le echaba de menos precisamente ahora que no estaba. Cada vez que necesitaba abrazos le extrañaba. Intensamente. Insistentemente le extrañaba. Necesitaba sentir su olor para confirmar que todo no fue un sueño. No quería llorar su ausencia, pues eso era lo mismo que aceptar que se había ido para siempre. No quería que él se fuera para siempre. No quería que se fuera ni por un instante. Pero se había ido y tenía que aceptarlo. Aunque su corazón se desgarrara por dentro tenía que aceptarlo. Se fue, y él podía vivir perfectamente sin ella. Ella, eficiente proveedora familiar para los hijos de otra madre, lloraba por su juventud perdida. La que jamás pensaba volver. El niño ahora sería joven. El hecho de que se fuera al limbo, le quitaba a ella la oportunidad de volver a ser joven a través de él.

-Por algún motivo usted no se suicida -le dijo el psiquiatra a su paciente en una película-. Por algún motivo estaba ahora allí sin ni siquiera considerar lo de suicidarse No quería suicidarse. Quería callar de una vez. No hacer más esfuerzos. Cerrar la boca. No cuidar de nadie. No quería saber qué pasaba en el universo infinito. Ni siquiera en la calle, a la vuelta de la esquina, donde por fin el niño del balón se había callado de una vez. Menos mal que se calló. Casi rompe su propósito y le grita. Si hubiera llegado a gritarle al niño, ahora se sentiría doblemente mal.

La vida... le había dado un par de lecciones. Pero dolían. Dolían intensamente. Ella pensaba comerse el mundo cuando supo lo del niño. Cuando sintió que se movía dentro, hizo planes. Pero una vez el niño no estaba, ella tiró los planes por la borda. Fue entonces cuando decidió no pensar. Por eso hacía cosas para otra gente. Intentaba llenar aquel vacío, aquella carencia. Hasta este momento, en el que se hartó. Se cansó. Agotada, decidió no dar ni un solo paso más. Le dolían sus heridas aunque no sangraran. Le dolía su cuerpo apaleado e ignorado. Ignorado por él, que decidió ignorarla. Quería haber podido hacer lo mismo e ignorarle en lógica correspondencia. Pero no era fácil. Claro que no era fácil. No era fácil en absoluto. Le quería desgarradamente.

Ahora, ahí sentada en el suelo, mientras deslizaba su cuerpo por la pared hasta tenderse boca arriba, encima de aquellas frías losetas color gris, notaba el frío intensamente. El frío recorría todo su cuerpo a través de su espalda. No le importaba lo que iba a ocurrir. Le daba todo igual. Cuando ellos - los hijos de otra madre- llegaran, comprobarían que esta vez ella no estaba. Por primera vez no estaba. No quería estar. Le daba igual lo que ocurriera. Si ella había sido capaz de vivir todos eso años sin el niño y sin los abrazos de “Él”, ellos podría arreglárselas solos de ahora en adelante.

El techo se le venía encima. La decadente y atemporal lámpara del techo señalaba el centro. En realidad, estaba un poco desplazada a un lado y ahí no era exactamente el centro mismo de la habitación. De los cinco brazos con bombillo, tres estaban fundidos y no alumbraban. Ni se había dado cuenta de eso. No había reparado en la luz tenue de aquella lámpara, en otros tiempos gloriosa. Ella, tendida boca arriba, pensaba en él. Pensaba en todos los momentos apasionados y fugaces que vivieron juntos. También en los momentos en que la pasión se aplacó, poco antes de que él se fuera. Entonces, ella se colocaba boca arriba y le dejaba hacer. No quería perderle y le dejaba hacer. Pero se iba lejos, lejos. Estaba lejos y enfadada, pero no quería perderle. Así que se colocaba boca arriba como un témpano helado con forma de cuerpo de mujer. Y él, después de hacer, se iba a la calle. Hacía y se iba. Sentía su enfado y se iba.

Hasta que una vez se fue para no volver. Esa vez no volvió. Se fue definitivamente con ella. Con la otra. Con la amante. Desde que le descubrió la amante, optó por dejarle hacer, pero le seguía queriendo. No quería que se fuera. Pero se fue. Definitivamente. La amante dejó así de ser la amante para convertirse en la oficial. La amante le quitó el sitio. Ella pasó a ser ignorada. Relegada ahora al olvido más absoluto. Entonces fue cuando sintió intensamente que no podía vivir sin él, que le necesitaba con urgencia. Ahí se volvió obsesiva, lo reconocía. No podía pensar en otra cosa que no fuera él. A toda hora pensando en él. Le acosaba, le seguía, le vigilaba. Espiaba por su ventana mientras él retozaba en los brazos de la -hasta ahora- amante.

Ella, la que fuera su amante por un tiempo, no solo le dejaba hacer sino que también hacía: le amaba, tal cual le había amado ella en otro tiempo. Con todo su cuerpo. Con cada milímetro de su piel. Casi podía rememorar aquellos momentos, ahora irrecuperables. Aquella mujer le cabalgaba. Tenía su sexo entre sus labios y le acariciaba. Reían juntos mientras ella se subía encima y se movía compulsivamente. Él parecía otro. Le prodigaba abrazos y caricias. A ella siempre se las había escatimado. Especialmente en el último período, cuando había optado por dejar que todo languideciera.

El techo, con la lámpara casi al centro, tenía algunos desconchados. No había vuelto a arreglar la casa desde su ida. Dejaba que se viniera abajo marcando así el paso del tiempo. La casa era un reflejo de ella misma, de su alma. Ella salía de aquella trampa donde había pensado vivir primero con él, y después con el niño. Salía, se iba, se escapaba. Pero ahora estaba allí, tumbada en el suelo. Mirando el techo. Sintiendo el frío. Recordándole a él. Pensando en el niño. En el limbo. ¿Tendría frío el niño? Si el niño tenía frío, ella no pensaba abrigarse. No le dejaron verle, ni tocarle. Así que nunca pudo saber si estaba frío.

Luego vino el caos  El pozo profundo dentro del que cayó. Creía morir. Pero cualquier dolor era superable comparado con el dolor por la pérdida del niño. Cuando oyó todo el asunto del limbo, supo que era ahí donde ella deseaba estar. Ahora, estaba yaciente en el suelo, mirando al techo, sin querer hacer nada, ni tampoco saber de nadie, se resignaba a sentir el dolor de su abandono, la soledad casi buscada. En esa casa que no reconocía como suya. Dentro de un cuerpo de mujer decadente, como la lámpara, y descuidado, como la casa.

Desde que él la ignorara no encontraba sentido a cuidar de su cuerpo. Le dejaba caer con aplomo. Su cuerpo no le respondía. Desde que pasó lo del niño no le respondía. Había ido apagándose como una vela y ahora parecía que, por fin, llegaba al final del pabilo. La cera derretida contenida en el recipiente de su cuerpo era casi inservible. Entonces ideó lo de ir al limbo con el niño. No hacer nada de ahora en adelante. Nada. Nada. Nada. Nada.....

16.1.13

El mortero






Acaricio mi  mortero blanco de mármol. Es grande y pesado, tiene el fondo quebrado de tanto que han machacado dentro de él. Lo tengo entre mis manos sorprendida de cuánta historia esconde. Lo recorro con mis dedos intentando que hable. Quiero que me diga todo lo que sabe. Lo que aún a mi me falta y solo él sabe. Vino en el barco, hizo una travesía en la bodega en aquel largo viaje, en el fondo del baúl. Fue adquirido allá, en la República Oriental de Uruguay donde servía para romper los terrones de azúcar. En Lanzarote, se le dieron varios usos, uno de ellos majar el millo duro para el caldo. Fue así como poco a poco se quebró.

 Recorro el viejo mortero con mis manos mientras mantengo los ojos cerrados. Es pesado y grande. Su blanco original se ha tornado grisáceo. Pero  no tanto como para ocultar la belleza que fue.

 Por el camino, en algún momento de su azarosa vida, perdió su mano hasta que  alguien, de forma práctica, la reemplazó por una peculiar piedra del volcán dura, llena de agujeros y afilada, pero muy resistente. Dejando claro así que es de dos partes, de dos trozos de materia diferentes, que pertenece a dos realidades.

 Como casi todos nosotros, como lo es nuestra historia: de dos partes.  Dividida, como Chacho, que llego desde  Argentina en el 76, en plena dictadura militar, cuando los desaparecidos ya rondaban lo veinte mil y retornó allí treinta años más tarde, dejando aquí un hijo que también es el mío. Para encontrarse con que ahora ya no era más de allí, ni de aquí, ni de ningún sitio al completo. Ahora es de de dos partes.

Por algún motivo aún me acompaña ese mortero, que cada día vislumbro en mi cocina. Me reta en silencio a que haga por él lo que solo yo puedo hacer: contar las dos partes de su historia que  ha sobrevivido a quien le compró, le transportó, le usó…

 Para la posteridad, siempre quedó en la casa familiar el viejo baúl que le portó. Pintado de color mostaza y negro. Hecho  de madera y latón,  exhibido sobre unos soportes de madera. En su interior me encerré  muchas veces cuando jugaba al escondite, o simplemente cuando quería que nadie me encontrara. Por entonces ignoraba su procedencia. El baúl de emigrantes formó siempre parte del paisaje de la casa.

El mortero blanco, roto y decadente que no es de un lado ni de otro. Nos recuerda lo que ha sido nuestra vida y  la de tanta gente. La historia de muchas valientes mujeres que hubieron de llorar, viajar, despedirse, esperar.  Una historia creada a bandazos de maletas y baúles, de noches en blanco, de abrazos vacíos, de cuerpos vivos y hermosos, marchitándose en solitario, languideciendo mientras la vida se les escapaba de las manos para salvar algo parecido a este mortero o a otros tantos. Para sucumbir finalmente, sin haber logrado encontrar las respuestas.

Por ello he iniciado esta búsqueda. Por las que me precedieron, por mí misma, que quiero saber para poder entender. Porque hay unas manos firmes que me empujan. Quieren que redima sus memorias. Me los susurran cada día. Hoy me han colocado delante del mortero, ayer fue una foto antigua… Otros dicen que nunca se fue la tía. Parece que vive siempre entre nosotros, que nos acompaña desde la otra vida. Pero es posible que ellas, todas ellas, sigan deambulando por aquí de alguna forma. Yo misma soy una de sus partes. Quizá por eso me han hecho este encargo.

20.12.12

MIMETISMO






Comenzó esta veloz carrera, allá en mi cabeza un buen día a eso de las seis de la tarde.

Tras darle vida, el personaje se adueñó de mis pensamientos. La encontraba por todas partes, me la tropezaba en el ascensor, en el anuncio de desodorantes, en el escaparate de lencería y hasta en la sección de menaje del  supermercado.

Tantas horas compartidas  terminaron por convertirla en mi musa. Comencé a observar a través de sus ojos, a medir mis pasos pensando en los suyos. Me impregné de su aroma y a veces de su desconcierto. No he querido dejarla sola, abandonada en el fondo de un cajón. Se merece algo más que una palmadita en la espalda.

Desde que las dos somos una, deambula conmigo, atisba mi horizonte y se plantea mis propias dudas existenciales.

Esta aventura la comenzamos juntas y aún seguiremos en ella. Desafiando temores e inseguridades, compartiendo pensamientos y reflexiones, bromeando acerca de asuntos trascendentales e incluso banalizando sobre temas serios.

Quizá se coló en mi vida sin que casi la percibiera, o posiblemente siempre ha estado ahí, en la voz de todas las mujeres de mi pasado y de mi presente. Incluso estuvo en mi escuela de niñas, sentada en el banquito de madera con tintero, memorizando las consignas de la enciclopedia Alvarez. Viene del pasado y camina hacia el futuro como si dependiera de un fatídico destino, del que le resulta difícil liberarse. Nos hemos cogido de la mano, con la esperanza de caminar hacia adelante sin que vuelvan a sangrar las viejas heridas.

Hay algo ancestral en nuestras vidas que escapa a la razón… la teoría misma bien asimilada sigue escapando a la lógica. Los sentimientos nos han condicionado la vida de generación en generación.

Ella y yo no pretendemos dar respuestas, simplemente planteamos dudas y preguntas. Nos mostramos sin tapujos, al descubierto.

Hacemos una apuesta fuerte por hablar sin censura, dejamos de ser convencionales y adecuadas. Vamos a llamar a las cosas por su nombre y a exhibir nuestros sentimientos y sensaciones, sin sentirnos por ellos vulnerables, ya que nos acompaña la fuerza de la razón.
Dolly es algo más que un personaje: es una manera de ver, sentir, amar, comprender, compartir, sanar heridas, es un grito desgarrado que clama por una vida plena sin dolor, sin mentiras… simplemente es auténtica, aunque su autenticidad parezca irreverente


8.12.12

EL ALMA ERRANTE






Me he tropezado con vos sin querer, sin ni siquiera buscarte. Es más, aún cuando tampoco tenía la certeza de que existías en algún recóndito lugar de este mundo, He abierto mis sentidos a lo inesperado, dispuesta a que el sueño no me venza. Ha llegado el absoluto silencio de la calle. No hay ruidos, ni voces… todo en calma.

 Me refugio tras el parapeto del ordenador, pensando en no salir para nada del presente. Eludiendo los abordajes nocturnos de aquellos que creen que la noche es territorio para los que buscan sexo virtual, fácil y aséptico. Descubrí que los insomnes a veces buscan solo eso: sexo o plática. Yo simplemente estoy, deshilvanando sorpresas, descubriendo el mundo de la no presencia. Pensando en si en algún recóndito lugar de mi memoria queda algo por desentrañar que aún no capto. Sintiendo historias paralelas también extraviadas. Caminado en busca de lo desconocido.

Fue así como tropecé con tu imagen inédita que casi viene a ser la mía. “Tengo un relato para tu foto de perfil”. Eso fue lo primero que pensé. No, en realidad lo primero de todo que pensé fue que vos había robado con nocturnidad y alevosía mi propia imagen. En mi cabeza no entraba que en tu casa estaba una réplica del mortero de mi historia. Cuando tras la sorpresa me calmo para ver, compruebo que es una especie de alma gemela. Pero no es el mismo.

Así fue como te encontré sin buscarte. Las almas de mi mortero tiraron de mí, me hicieron un guiño, me vinieron a pedir que no les olvidara. No quería quedarse para siempre en un  texto a medias perdido en la nada. Me empujaron suavecito hacia tu imagen… un impacto me desveló de golpe. He  dejado abierta la página, dudando si sería lícito, copiar  tu foto. Luego he ido a encaramarme en una silla. He cogido mi preciado mortero entre las manos. Pesa cuatro Kilos, pero no lo recordaba. Le he colocado en el centro de la mesa y entonces he hecho la foto. La he colgado junto a la tuya. Una al ladito de la otra, con el fin de que vos no vayas a pensar que yo estoy loca.

Entonces ha sido cuando he recordado la confrontación entre mi papá con la tía Marcela, en pugna para defender el honor de sus respectivas madres. Cada uno decía ser -y por separado lo eran-  fruto del legítimo matrimonio de mi abuelo.

Y algo parecido me ha ocurrido tras el impacto… comprobar que mi mortero no es el único. Es uno más de una serie. No se ven los desconches en el fondo. Su rotura, dejaría al descubierto que tiene un dolor que sí es exclusivo.

Me giro hacia tus datos de perfil, para constatar  que vives en Buenos Aires. La tierra mítica de la que escuchaba hablar en mi niñez, la devoradora de  gente. Buenos Aires era la meca de mis sueños infantiles, donde debería ir algún día para tropezarme con mis parientes perdidos, y así poder por fin ponerles cara y conocer sus voces.

Hoy he escuchado la tuya, y siento que ya tengo claro como pudo ser la de mi abuelo. Pareces un hombre clamo y cansado. Sereno y triste. Una y otra vez se repiten las similitudes.

Una voz suavecita me pide que no ceda a mi cansancio, que no tire la toalla. Me solicita que escriba la historia que nuestros morteros conocen. La que cuentan y la que aún mantienen en secreto. Los secretos son una pesada carga. Ella necesita que yo lea su pensamiento, y luego quedará tranquila para siempre a través de mi propia tranquilidad.



4.11.12

ENCANTADOR DE SERPIENTES




El tipo era duro de pelar. Cuando le interesaba una de sus presas corría tras ella al precio que fuera. Nada había más allá que su deseo libidinoso cuando el depredador que llevaba dentro atacaba y le empujaba hacia su adicción más temprana. Desde que tenía uso de razón, todas eran meros cuerpos para catar y luego recordar, aunque a veces las olvidara.

Lo mejor era que le creían, le defendían y hasta se exponían a sus deseos más arbitrarios. Cuando venían a reaccionar ya habían caído entre sus manos, en su red de cazador furtivo.

A la hora de elegir a las víctimas no invertía demasiado esfuerzo, en parte porque prefería hacer apuestas seguras. Caminaba hacía aquellas que ya eran muy maduras,  a las que le sobraban más de veinte kilos, o a las que se habían considerado a sí mismas almas desahuciadas. Y hacia allí apuntaba el arco con la certeza de que daría en el blanco.

Tenía todo un manual de frases hechas y de caídas de ojos de cordero degollado o de lobo libidinoso. Pero siempre premeditaba la caza. Ellas, aunque le veían venir, se dejaban. Tal era el éxtasis que les producía sentirse consideradas y valiosas aunque al menos fuera por el tiempo en que duraba la captura.

Dedicaba tanto tiempo en estas fechorías, que apenas la vida le daba para poco más. El estrés que le atacaba con frecuencia, se debía más que nada a su deseo de fingir un orden en lo que no era más que un eterno safari.

Las prefería sin alma, anónimas, calladas y que no le contaran nada de su vida. Solo necesitaba saber lo justo: si es que estaban casadas -valor en alza entre sus favoritas-, si tenían la autoestima por el suelo, si pasaban por una crisis de pareja o por un mal momento personal. Entonces él las levantaba con halagos. Cuanto más raritas más le interesaban, pues se trataba de ampliar su lista de trofeos. Si luego les daba por vigilarle, eso le crispaba mucho. Solo se lo permitía  a la oficial, su tapadera. Pero si se enfrentaban unas a otras, por algún cabo que le quedara suelto, entonces él tenía su propio poder de convicción. Nunca fue más real la frase de “Si le dejan hablar, seguro que no va preso”. Y volvían calladitas al redil prefiriendo creerse sus mentiras

Con la mayor impunidad actuaba en las sombras, camuflado, con nocturnidad y alevosía. Que una de ellas le diera el carpetazo le venía a tocar los huevos, pero le daba igual. Había muchas, cientos de esas esperando a que les diera sus falsos abrazos, a escuchar sus falsos te quiero, a sentirse sus falsas únicas mujeres.

Y además añadía que era una celosa despechada a la que jamás había hecho promesas de amor. Él era libre como el viento -decía-, aunque lo cierto es que permanecía eternamente en aquella prisión de conseguir carne nueva y distinta cada día. Si era posible, no repetía más de dos veces el mismo plato.

Excepcionalmente, si aceptaban sus deseos más extravagantes y se prestaban a jugar el rol de madres en el sexo o no les importaba hacer un trío… entonces el tipo volvía a la carga de los halagos y mimos.

Un día se encontró con la horma de su zapato. Tenía que ser así para que se hiciera justicia. No solo por sus víctimas, también por todos ellos. Por todos los hombres del mundo que no consideran a las mujeres simples objetos de usar y descartar.

Fríamente cavó su fosa y, poco a poco, le empujó dentro. Para ello solo necesitó un señuelo en forma de víctima incauta y desesperada. Juntó las pruebas, destapó la olla, le rompió los dientes de forma simbólica y a él no le quedó otra que buscar otro territorio donde irse a  cazar, con los dientes rotos y el enorme falo que se negaba a obedecerle tras la última incursión en la trampa.