5.6.13

Manuel




Suponía que el día de hoy llegaría más tarde o más temprano. Sin embargo, no dejó de tomarle por sorpresa. Había estado trabajando en una propuesta para llevar a la asamblea. Eran casi las doce cuando se fue a la cama, en su cuarto de prestado, nunca mejor dicho. 

Arribó a esta casa dos meses atrás invitado por unos amigos. Entre todos pretendían arreglar las injusticias del mundo. La confortabilidad consistía en reciclar muebles y objetos que otros habían desechado o ya no necesitaban. 

Ya no era el edificio abandonado y casi derruido que rebosaba estiércol de paloma por todos lados. Antes de que ellos llegaran, las palomas vivían a sus anchas en todo el recinto de cuatro plantas. Ahora era un centro cívico que acogía a los sin techo.

La playa estaba cerca y allí podían practicar sus juegos, malabares y canciones, que era una forma de pasarlo bien y ganarse la vida al mismo tiempo.

Oyó gritos y sirenas. Primero se dijo que debía ser una mala pesadilla, pero el tipo que abrió bruscamente la puerta llevaba uniforme y un arma en la mano.

Al fondo oyó mas gritos, el niño de Candela llorando al tiempo que preguntaba a su mami que pasa, que pasa mami, pero que es lo que pasa. Cristales rotos, los polis dando voces, los vecinos en las ventanas… ahí supo que había llegado la hora.

Tenían que abandonar el edificio cuanto antes. La cara del sargento no dejaba lugar a dudas. De orden judicial mejor no hablar. A la puta calle, que no es tu casa, o si lo es saca los papeles. Eso decía el poli, y otros tantos, que no pensaban discutir, ellos eran unos mandados, cumplían órdenes y punto. Cierra la boca o te voy a tener que amonestar por desacato. Y dame la documentación que tenemos que levantar acta de todos los que andan por aquí. Los niños también por supuesto. El lisiado que se tome con calma el bajar la escalera, pero lo queremos en la calle ya mismo. Pueden recoger sus trastos, total no serán grandes cosas. Esta casa va a ser tapiada en media hora y si se viene abajo no es problemas de ustedes, así que van saliendo y no lo vuelvo a repetir.

Así fue como supo que no era un mal sueño, el día había llegado. Se dispuso a coger la cajita de las fotos, el saco de dormir y sus zapatillas de repuesto, casi tan desconchadas como las nuevas. En la mochila se aseguró de colocar a buen recaudo su herramienta de trabajo: las mazas para hacer malabares. Era muy bueno y habilidoso, unas cuantas horas en el semáforo le daban algo de dinerillo que luego cambiaba por comida. No necesitaba pedir limosna ni aceptarla, con dos buenos brazos para trabajar. Uno de los principios que todos compartían en la casa. 

La mala hora llegó de forma sorpresiva, por más que supiera que estaría al caer. Le pilló en bolas y en la cama. El calor sofocante y el cuerpo medio acalorado por el sol le habían dejado planchado encima de su colchón. Ahí entró Sam, angustiado por el tema de los papeles y la policía. No le iban a repatriar hasta Israel, eso seguro, pero el miedo a ir a ese lugar que llaman centro de extranjeros y que en realidad es una cárcel pura y dura, le aterrorizaba. Manuel le dijo que se escondiera en el baño y allí quedó por un rato. En la segunda ronda le pillaron. 

Consternado, como todos los habitantes de El Palomar, Manu sacó lo que pudo y le dio por increpar a los polis. Tomaron sus datos y le instaron a presentarse al día siguiente para prestar una declaración en regla. Abajo en la calle todos estaban aturdidos. Fue el último en salir emulando sin querer al capitán de un barco en altamar a punto de naufragar. De pronto sintió que le había faltado algo por hacer. Pero solo le dio por llorar de rabia abrazado a Charly, al tiempo que un reportero captaba la imagen. Por un instante le pasó por la cabeza el temor de que esa fotografía viajara y llegara a manos de su madre. No quería preocuparla, sobre todo porque él estaba en la vida que había elegido. 

Caminó hacia la playa quedándose con algunos por los alrededores de la casa. Verla a lo lejos sitiada le daba un poco de pena, algo de nostalgia y hasta la tristeza de saber que ésta era una de esas definitivas despedidas. Una más de tantas, pero en este preciso momento dolía intensamente.

Ni ganas de trabajar, ni siquiera hambre. Una especie de cansancio le vino de golpe y le derrumbó por todo el día.

En el momento en que la furgoneta de los polis se iba de relevo y pasaron a su lado salió su rabia cargada de dolor y les gritó increpándoles, les llamó colaboracionistas, le preguntó cómo iban a contar a sus hijos que ganaban su sueldo, volcó su rabia a sabiendas que ellos también eran almas presas en sus vidas y que su familia tampoco había elegido echarles a la calle aquella fatídica madrugada.

A Marcel le dio por arrojarles el trozo de pan que comía en ese instante. La imagen era al menos rocambolesca: arremeter a “panazos” contra una furgoneta blindada de la policía. Ahí fue cuando los tipos se pararon y le pidieron que les acompañara. Le condujeron entre dos sujetándole por los brazos. Mientras le tomaban los datos personales, una vez más, Manuel les pidió comprensión. Que le habéis echado de su casa y ahora está en la calle, por favor comprended que está dolido y enfadado. Y si es tu casa, dónde están las escrituras, a ver muéstralas y si lo haces te dejo en paz. 

En ese momento miró hacia el cielo y el suelo que pisaban y solo le dio por soltar un grito de rabia ¿Y el suelo que pisas es tuyo, y el aire que respiras es tuyo, y el mar en el que te bañas es tuyo, y la lluvia que caía esta mañana y te acariciaba era tuya?

Ahí los agentes dieron la batalla por perdida y se fueron a comer, que ya era hora, tras una mañana movidita que había empezado casi a las cinco. No es que tuvieran nada en contra de estas personas ni a favor, es que era su trabajo. A veces se les revolvía el estómago sobre todo cuando era gente pobre que perdía su casa pobre también y ellos tenían que ser el brazo ejecutor. Pero tanto tiempo viendo tantas cosas, al alma se había arrinconado en algún sitio y apenas clamaba muy de tarde en tarde.

Camino de la playa, Manuel se sintió un espectador de su propia película. Le costaba asimilar lo ocurrido, pensaba más en todos ellos que en él mismo, en el amigo indocumentado, en los niños que les esperaban cada tarde para jugar y hacer malabares, en los gatos abandonados, a los que una ordenanza municipal prohibía dar comida bajo pena de multa, en las mañanas en su habitación del Palomar desde las que escuchaba el sonido del mar.

Ahora tocaba mirar hacia adelante una vez más. Pensaba en el futuro sin miedo y con esperanza deseando tener mucha fortaleza para ser capaz de cambiarlo y mejorarlo. 

Este desalojo mañanero era un nuevo reto que afrontar. La solidaridad salía debajo de las piedras. Tenía muchos lugares a donde ir, los amigos se habían volcado en torno a él. Pero justo aquella noche quería dormir en su propio regazo, con las estrellas como techo y los sueños como almohada.



Fotografía: Kristhóval Tacoronte

8.5.13

Justicia gratis para los niños

Sabía que este día iba a llegar y lo esperaba con cierto temor -me dice Carmen con los ojos enrojecidos de llorar. - Tuve este niño cuando era muy joven y llevaba otra vida. Ahora me siento con fuerzas para recuperarle,  traerlo a casa y que conozca a su hermano.

Era bien temprano  cuando ha pasado a buscarme. Lleva toda la noche sin dormir. Le voy a acompañar hasta los juzgados de familia para que no vaya sola. Su niño de tres años hoy se ha levantado muy malito como si tuviera idea de lo que ocurre a su alrededor. No necesita demostrar que es una buena madre, de sobra lo hemos comprobado.

Los juzgados siempre imponen, aunque digan llamarse de familia. Envían escritos en tono amenazante, a veces solo para solicitarle a alguien que vaya de testigo. Temerosas pedimos permiso para pasar cuando por fin hemos arribado. Una señora rubia, impecable y sofisticada, nos atiende. Toda ella es una eterna lentitud. Cuando por fin habla, emite una débil voz, en contraste con su aparente vitalidad física.

-Señora, se le ha citado para notificarle que se ha iniciado el trámite de adopción de su hijo, y como madre biológica tiene derecho a ser escuchada.
-Me opongo rotundamente - le dice Carmen-

- Pues espere, que voy a llamar al secretario judicial- y a reglón seguido se desplaza hasta el fondo de la sala. Le faltó añadir que esa oposición la cogía por sorpresa, cuando ya estaba casi todo decidido.

Al poco llega un amable señor muy joven que notifica a Carmen su derecho a iniciar una demanda en el plazo de veinte días hábiles, o en caso contrario se continuará con "el proceso".

-Tenga en cuenta que ha de nombrar abogado y procurador, señora.
Carmen no tiene ni para comer casi. Sobrevive como puede con su otro hijo y su compañero. Asiente a la retahíla que el joven opositor aventajado le recita. Y salimos con las “orejas gachas” en dirección al colegio de abogados para solicitar un letrado de oficio.

-Yo fui una niña adoptada y lo pasé mal. Cuando tenía diecisiete años me fugué de casa y pasé por muy malos momentos. Entonces no fui capaz de cuidar de mi hijo. Ahora quiero tenerle conmigo. Temo que no me reconozca, han pasado años desde que fue a parar al centro de acogida.

 Al llegar a la sede del Colegio de Abogados, una larga cola en la atestada sala de espera nos da la pauta de que los abogados de oficio están siendo muy solicitados.  Pero por fin la atienden muy amablemente y le entregan un documento para entregar hoy mismo el juzgado. Se trata de parar el tiempo mientras se le asigna el letrado de oficio.

De vuelta hacia el juzgado se lamenta en voz alta. -¿No te dije que me iban a tener dando tumbos?  Esto no va a ser muy fácil, ya verás.

Volvemos a encontrarnos con doña Barbie. Nada más ver el escrito dice que no vale, que eso no sirve, que hay un error. Intentamos aclarar que lo ha redactado el abogado de turno del Colegio tras leer lo que Carmen llevaba en sus manos.

 
-Le digo que esto no vale. Lo que tiene que traer es una demanda-.

Ahí intervengo yo y le insisto: -Pero señora, usted le puede dar registro al documento. Ahí se desató la fiera que la buena mujer llevaba dentro.

-Claro, la justicia es gratis y como es gratis podemos abusar - le faltó añadir que a estas alturas venir a aponerse a la adopción del niño era una batalla perdida-

- No es gratis, claro que no - le digo. Y en ese momento me han venido a la cabeza los nombres de los mangantes que ocupan impunes las portadas de la prensa. Todos ellos contratan buenos abogados. Y mis impuestos, junto con los de otra gente pagarán el sueldo de aquella funcionaria y de otros tantos, supongo.

 - Para ella sí lo es, y además yo no tengo que hablar con usted, así que se pone fuera, por favor-.

-Me pongo fuera, pero registra ese documento Carmen-.

Nuestro periplo no había terminado, pero la mañana ya no daba para mucho más. Nos hemos ido del lugar en el que al parecer se imparte justicia.

Tiene treinta años y jamás supo lo que era una familia de verdad. Corría por las calles con cinco años cuando alguien la llevó a un centro de menores, del que salió para ir a parar a manos de unos padres frustrados que Carmen recuerda como severos y estrictos.

Ojalá que algún día se haga justicia gratis  con los niños que no han recibido abrazos...

Fotografía: Kristhóval Tacoronte



3.4.13

Atrapando un instante







Todavía yo no sé si volverá
Nadie sabe al día siguiente lo que hará,
rompe todos mis esquemas
no confiesa ni una pena,
no me pide nada a cambio de lo que da.


(Pablo Milanés)

Se escapó entre mis manos el momento sublime en que me tropecé con ella. La había imaginado de mil maneras, todas ellas diferentes a como es en realidad. No había ni una sola fotografía a la vista que pudiera darme una imagen de su rostro o de su aspecto. Solo la conocía a través de las palabras del que una vez fuera el hombre de su vida.

Hace tiempo que quería conocerla pero el destino no lo había decidido hasta ayer. Paradojas de la vida, otra vez ocurre algo importante y es en el paseo de la playa. Unos doce años más tarde del instante en que ella se dio de bruces con la imagen temida y a la vez sorpresiva. Una cosa era que supiera y aceptara las reglas del juego, ocupando un segundo plano en aquella relación, y otra muy diferente era el evidente embarazo de la mujer que paseaba por la playa con su hombre compartido, al que quiso tanto, hasta el extremo de fingir que podía aceptar aquellas condiciones.

La avenida de la playa da para mucho y a los diez o quince minutos de caminar, entre gente variopinta hemos encontrado a dos amigas de él. Fui incapaz de retener sus nombres ya que era unos de esos saludos de rutina. Al tiempo que hemos hablado del calor, de las vacaciones y la marea alta, que terminó arrojando a los bañistas a la avenida, ya que la arena estaba colapsada, hemos dicho un “¡Hola, encantada!” casi simultáneo. Sin embargo se percibía entre ellos una familiaridad que rompía todas las distancias. Solo ocurre entre personas que han compartido una gran intimidad. Fue un instante y nada más. 


Tiene un aire de eterna juventud, una niñez desafiante frente a la edad que debe tener realmente y que ni por asomo representa. Es simpática, alegre y parece sacada de una película de Peter Pan. No es alta, ni extremadamente baja. Goza de una silueta perfecta y lleva un deliberado aire informal en su atuendo. Su voz confirma todos los augurios de que hay una niña atrapada en ese cuerpo de mujer. Y posiblemente su aparente eterna juventud no se deba a un pacto con Satán, sino a su optimismo que desborda a raudales.

Tras la despedida, seguimos adelante caminando y es entonces cuando él me desvela que se trata de ella.

-Era Marta

- ¿Qué Marta?

- La Marta de la que te hablé, con la que tuve una historia. La que te interesó tanto. Hasta que no lo compartí contigo, no fui consciente de haber actuado de forma incorrecta con respecto a ella en aquel momento.
-¡No me digas! ¡Qué pena! ¿Pero por qué no me lo dijiste antes?

- Te dije que era Marta.

- Claro, pero hay tantas Martas que no me la esperaba en este momento.

Y ahí lamenté no haber reparado más en ella. Posiblemente no habría sido capaz de decirle tantas cosas que me surgieron en el momento en que escuché su historia. La he reconocido en cada situación que él me contó, la he pensado más de una vez, e incluso, de una forma que podría parecer temeraria, le he instado a concertar un encuentro ante un café para que  le reconozca que una vez la quiso, pero que no se atrevió a apostar por ella.

Marta se fue paseo adelante con su amiga y nosotros caminamos en sentido contrario. Ya no está tampoco la "oficial" de aquel entonces. Los años han pasado socavando el terreno en la marea de la vida. Las olas rompían contra el muro de la avenida y el sol brillaba con todo su esplendor. Ahora tiene cara, voz y presencia, no es un fantasma, es ella. Pensándolo bien solo podía tener ese aspecto, o dejaría de ser la musa con alma de mujer valiente. Hay algo en su vida que se tropieza con la mía... no por casualidad, al escuchar aquel incidente del pasado, para ella doloroso, dos lágrimas resbalaron por mi cara.

Fotografía: Kristhóval Tacoronte








Félix





La ventaja de los gatos

sobre los perros es que con la

compañía de los gatos

uno puede seguir

sintiéndose solo.

       (Mario Benedetti)



En el teclado del ordenador había pelos de gato. Incluso alguno en la pantalla. El gato, que campeaba por toda la casa como rey  absoluto de aquel espacio, llegó un buen día  porque entró con él. Es decir, el gato y él venían en el mismo paquete. Él se instaló en su mitad de armario y en la parte contigua de su cama. El gato, tuvo siempre claro que todo el terreno era suyo, así que no tenía límites. Lo primero que hizo, nada más llegar, fue acercársele. Así mientras ronroneaba ante sus caricias, al principio un poco forzadas, le ganó el corazón. Y después el sofá, la cama, la alfombra... todo estaba señalado con su rastro. Quería enfadarse con él, pero tampoco era fácil. Cuando se instalaba plácidamente encima de su camiseta recién cambiada, ella tenía claro que el dichoso gato buscaba su olor y su calor, sin intención de molestarla para nada. Se acostumbró a comprar en las tiendas de todo a cien unos rollos quitapelusas que teóricamente limpiaban su ropa, pero pese a consumir dichos rollos a granel, siempre iba con pelos negros en sus chaquetas, blusas y pantalones.


El gato, se quedó en la casa cuando él se fue. En realidad se fue por unos días, en principio. De mutuo acuerdo elaboraron la idea de darse un espacio para pensar y sentir a ver si es que de verdad extrañaban a la otra parte, o si por el contrario, su vida se había convertido en un tedio cargado de rutina. Félix se quedó más que voluntariamente. Ella hasta juraría que ni siquiera notó el cambio. Preocupado por su comida, que era el único momento del día en que se le oía reclamar por algo,  su pasividad era absoluta.


Más tarde, gato y dueño se fueron juntos, pues tras la tregua de distancia, ella y él, comprobaron al unísono que la vida así era más fácil, pese a todo. Ella recuperó sus mitades de cama y armario, y también un poco de soledad. Con ellos se fueron los ronroneos y los pelos, las latas de comida, la tierra para gatos y la inservible y mullida canasta, en la que Félix, jamás dormía.


Empezó a sentir que le echaba de menos, cuando al estirar sus piernas en la cama, no se tropezaba con el bulto peludo del cuerpo de Félix. Luego, se dio cuenta, de que aquella compañía silenciosa y serena, invisible casi, hacía que ella se sintiera menos sola.


Pensó en ir a por él, pero desechó la idea, no solo porque parecía un egoísmo injustificado, sino además y sobre todo, porque podía sonar a excusa reconciliadora.


Así que sus días sin ellos -Félix y su dueño- transcurrieron sin más. Tan absorta en la rutina que era incapaz de pararse a pensar, en cuánto vacío había en su vida, más habitable por un gato que por gente.


Bajó a la calle a llevar la basura, decidiendo incluso deshacerse de la pelota de Félix y en el preciso instante en que intentó cerrar la puerta le encontró, con su ronroneo habitual. Allí estaba, esperándola. Le pasó entre las piernas con su familiar zigzagueo. Restregó su cabeza contra ella, que aún permanecía de pie, impávida. Entonces fue cuando le miró implorante y ahí  no tuvo más remedio que acogerle y meterle en casa.


-No te preocupes, quédate con él si quieres, le dijo el dueño. En realidad, los gatos no son de nadie. Ellos eligen con quien quieren estar. Creo que entre tú y yo, él ha decidido quedarse contigo.


Así fue como Félix y sus pelos se hicieron los únicos dueños de aquel territorio. De tan suave manera se instaló, que hasta el día en que comprobó los pelos estaban en el teclado de su ordenador, no había sido demasiado consciente de lo lejos que había llegado tan sigilosamente.


Del propietario de Félix nunca más se supo. Con el tiempo, ella se llegó a preguntar si el verdadero motivo por el que había irrumpido en su vida de aquella manera, para luego marcharse con la misma, habría sido deshacerse del felino. En cualquier caso no importaba. Por momentos olvidaba que en realidad el gato no había vivido en la casa desde siempre. A veces confundía en su memoria los recuerdos, llegando a dudar qué fue primero, si Félix o su dueño.


Fotografía: Kristóval Tacoronte

5.3.13

A destiempo






El momento de silencio en el que ambos se encontraron, dejó encima de la mesa y de golpe, todas las preguntas sin respuestas, las dudas, los reproches, las palabras no pronunciadas, las expectativas no satisfechas.

Se habían tropezado casualmente, después de años sin verse, pese a que vivían en la misma ciudad. Tras la euforia momentánea pasaron a hablar del trabajo, de los hijos, de sus vidas personales, fue así como supieron que ambos estaban ahora divorciados. Prolongaron aquel primer encuentro en una cafetería cercana, ante dos cervezas. Charlaron por un rato, sin parar, como si el tiempo se esfumara una vez más, volviendo a jugarles una mala pasada.

Cuando se produjo el silencio, fue en el preciso momento en que sus miradas se cruzaron, y sus ojos se atrevieron a ser todo lo sinceros que ellos no habían sido.

-¿Qué nos pasó? - articuló finalmente ella, en un arranque de sinceridad-

-Que el destino hizo que nos encontráramos a destiempo -respondió él-

-No, no fue eso en absoluto. Yo estaba dispuesta a caminar contigo hasta donde hiciera falta. Tú no estabas disponible para mí, no lo suficiente. ¿Sabes que luego me pregunté más de una vez, hasta donde habrías llegado con tu doble vida si yo no hubiera exigido una definición? Yo di el paso y cambié mi vida. No te digo que lo hice por ti. En realidad lo hice solo por mí. En aquella relación que tenía entonces ya no había amor. Yo solo pensaba en ti. Me enamoré perdidamente... de ti, o de una esperanza, ahora no lo sé. Me la jugué, porque eso es lo que en realidad quería hacer. Tú no fuiste capaz, no tuviste valor. Estabas más pendiente de lo que iban a pensar de ti, de tu orden perfecto con la foto de familia en la librería del salón. Eso era lo seguro. Arriesgarte conmigo era una gran incógnita. Eso fue todo. De ninguna manera podías creer que nuestra historia tenía todas las garantías de seguridad que entonces te ofrecía tu matrimonio.

-No era el momento, eso es todo. Tenía miedo y salí huyendo. Me habían enseñado que los sentimientos son cosas banales, en realidad a veces lo son.  Nunca dudes de cuanto te he querido, a decir verdad, aún te quiero. A veces me evado pensando en ti. Sueño contigo, te echo de menos. Me pregunto si aún no será recuperable nuestra historia, quien sabe si este encuentro no será tan fortuito. La vida no ha sido muy justa con nosotros, me parece. Yo tengo por costumbre vivir el presente. Los conflictos no los manejo bien, ya lo sabes.

-Excusas, creo que solo son excusas. No sé si quieres engañarte a ti mismo, o si pretendes quedar bien conmigo. Te gustaba llenar tu vida de cosas sensatas. No creo que me eches de menos precisamente a mí. Sueñas con una idea, que en este momento no existe en el presente. Nuestro presente de entonces es ahora pasado. Y ya sabes: el pasado no existe, es solo una ilusión. Pero… dime ¿Cómo fue que por fin fuiste capaz de divorciarte?

-No fui yo quien dejó la relación. Finalmente fue ella quien se atrevió a dar el paso -afirmó con desgana como restándole importancia- dime: ¿no te gustaría retroceder en el tiempo?

-Nunca las segundas partes fueron buenas. Eso, no es solo una frase hecha.

Fue entonces cuando ella volvió a rememorar la frase magistral del protagonista de “Los puentes de Madison”.  Cuando en otro tiempo se compadecía de sí misma y lloraba por las esquinas, había visto aquella película al menos cinco veces. En aquellos tiempos  pensaba que sin él, no podía ni quería vivir.

-“No quiero necesitarte, porque no puedo tenerte” -le dijo mientras una lágrima perdida resbalaba por su cara- Esa frase de Clint Eastwood a Meryl Streep, le había impactado en su momento, por afinidad con su propio sentimiento.

-¿Qué quieres decir con eso?-preguntó él totalmente confundido.

-Nada, es una frase dicha desde un personaje de ficción, solo eso.

Entonces, mientras el golpe momentáneo de tristeza se alejaba, ella se recomponía en la escena, al mismo tiempo que apuraba su último sorbo de cerveza, pasando definitivamente aquella  página, hasta ahora inconclusa, de su vida. Le daba portazo al pasado. Con una frialdad casi inapropiada le dijo:

-Bueno, volvamos a la realidad. No tiene sentido remover el pasado. Me he alegrado de verte. Uno de estos días nos llamamos y quedamos con calma para comer o tomar algo, ¿te parece? -dijo todo eso con la certeza de que  aquello jamás iba a ocurrir-

-“No se volverá a repetir esto: este hechizo sólo te llega una vez en la vida” -dijo él sorprendiéndola- …Yo también lloré por entonces viendo Los puentes de Madisson. No creas que he olvidado todo. Recuerdo que esa era la película que íbamos a ver aquel día, cuando falté a mi cita. Estaba a punto de cerrar el coche, cuando vi a mi mujer que me seguía. Cambié de rumbo y entré en un bar. Desde entonces decidí no volver a verte…

Un abrazo frío e impersonal fue otra vez la despedida, solo que ahora ella no lloraba, ni se sentía abandonada y perdida como entonces. Tampoco con la sensación de no ser lo suficientemente capaz, guapa, simpática... como para que él la quisiera incondicionalmente. Claro que quizá no fue entonces el momento. Ahora tampoco. Se había disuelto la imagen idílica con el reencuentro. A destiempo, totalmente a destiempo. En este instante eran personajes diferentes en el mismo escenario.

 Mientras buscaba a tientas las llaves y caminaba despacio hasta su coche, se decía con la mayor de las certezas, que daba igual todo, a estas alturas, de haber vivido aquella historia, quizá ya estaría muerta, gastada. ¿Era una estúpida romántica fatalista que se equivocó de siglo? Se dijo resignadamente. Ahora, quizá podría tenerle, pero tampoco quería necesitarle.


Fotografía: Salvador Gautier