10.6.12

EL EXAMEN




Hay dos enormes manchas de humedad en la pared. Unos centímetros más arriba está la repisa de los libros que quedaron tras su marcha. Pesados tomos con los que estuvo días y días preparando el examen. Aún en el perchero de la entrada está su chubasquero y una vieja chaqueta de lana que solía llevar por las tardes cuando salía a despejarse un poco.

Se necesita una reparación urgente. Hace falta picar y volver a encalar, además de una mano de pintura. Primero pensamos hacerlo juntos, pero cuando empezamos con los planes de ida, aplazamos el arreglo de la casa. Igualmente las cortinas del salón están viejas y totalmente pasadas de moda. Estaban ya ahí cuando compramos la casa, y decidimos que podían tirar por unos meses. Así fueron acumulando años, y con el sol y los lavados sucesivos, se han vuelto ajadas y tristes.

Lo que no entiendo es por qué no se llevó los libros. Será que no los necesita para nada. Porque quedó bien claro que no piensa volver. Dejó la decisión de nuestro futuro en mis manos. Yo, de ninguna manera pienso cargar con esos libros. Él debe tener claro que no tengo intenciones de moverme de aquí, aunque le prometí pensarlo despacio.

Me adormece el rumor del mar. No sé vivir sin el mar. Pero sé que ese argumento sonaba a excusa. Claro, como que era una excusa. “No sabes vivir sin el mar pero puedes vivir sin mi compañía” –me dijo airado- y lo peor de todo, es que no deja de tener razón. Tanto en lo de que es una excusa, como en que puedo vivir sin él.  Bueno, creía que podía vivir sin él, ahora no lo tengo tan claro.

El sofá del salón tiene su hueco justo en su sitio, donde se tumbaba cada día a descansar un poco y escuchar la música. Ahora yo permanezco del otro lado. Donde me acercaba a masajear sus pies y a compartir nuestro silencio. No necesitaba hablar porque cuando le sentía cerca,  todas las palabras estaban de más. Creo que si por fin decido quedarme, haré que vuelvan a tapizar el sofá y rellenen el hueco. Ese hueco será más fácil de llenar que el de su ausencia.

El olor a café me despertaba cada mañana. Ponía el café y se daba una ducha. Yo llegaba a tiempo de apagar la cafetera y servirlo. Ambos somos de pocas palabras en la mañana. Solo buenos días y un beso. Hasta que el café hacía su efecto y entonces comentábamos un poco de lo que teníamos previsto para el día. Ayer, me dolía la cabeza, fue cuando caí en la cuenta de que no he tomado café en varios días.

Sus plantas están tristes y con las hojas caídas. También dejó atrás sus plantas, ahora que caigo en la cuenta. Pero no me dijo nada de que las cuidara. Sin embargo si me pidió que cuidara de mi misma. Me insistió tanto en ese asunto, que hasta llegué a pensar que no me cree capaz de sobrevivir sin él.

El examen fue crucial en su vida. Con eso se resolvía su preocupación de no vegetar para siempre en este pueblo dejado de la mano de dios. Trabajar en un hospital grande y en una ciudad importante era su sueño, pero siempre lo iba posponiendo, decía que le faltaba el hábito y la disciplina. Yo estaba casi tranquila con todo ese asunto. No le creí capaz de que lograra encerrarse durante meses con todos sus tomos. Tampoco pensé que ese viaje a Madrid tuviera mayor trascendencia. Una carta certificada con acuse de recibo llegó varias semanas más tarde, cuando yo ni me acordaba del dichoso examen. Decía lo de su nombramiento y le instaban a incorporarse en un plazo fijado al nuevo puesto de trabajo. Ahí tuve claro de que mi vida iba a sufrir un cambio brusco.

Los cajones del armario ahora están medio vacíos. Todo el armario está medio vacío. Antes casi ni teníamos sitio. Ahora sobra mucho espacio. Ese armario recorrió con nosotros tres mudanzas. Lo compramos cuando alquilamos un piso pequeño y nos fuimos a vivir juntos con muchos planes y expectativas. La última vez que lo montamos y desmontamos supimos que no iba a aguantar una nueva embestida, así que en este tiempo apenas lo hemos movido del sitio. A veces cambiamos la disposición del dormitorio, sin embargo el ropero permanece inamovible.

Hoy he echado de menos su música. No porque se la llevara con él. Dejó parte de los discos que fuimos comprando en estos años. Era él quien se ocupaba de la música y elegía con mucho acierto lo que sonaba en los distintos momentos. Incluso hasta me ha dolido un poco comprobar que dejó parte de los discos que le  fui regalando, cumpleaños tras cumpleaños.

La nevera hace ruido por las noches. En realidad debe hacer ruido constantemente, pero durante el día no me entero. Sin embargo por la noche todo está quieto y en silencio. Si la marea está baja, apenas oigo el mar. Entonces es cuando con nitidez escucho los ruidos de la casa, los crujidos, como si estuviera achacosa y enferma. La vieja nevera, ruge por unos minutos y luego se calla. Al rato lo intenta de nuevo.  Rechina y se calla, una y otra vez.

Cuando le dije que no tenía claro lo de irme, no pareció demasiado sorprendido. Me dijo lo de la excusa como me pudo haber dicho que ya esperaba mi respuesta. Parecía agotado, el examen le había dejado sin fuerzas y parecía no tener ninguna energía para convencerme de nada. Me dijo que quería que le acompañara, como había hecho siempre, pero que no dejaba de respetar mi decisión. A mí me pareció demasiado frívolo. En realidad era una decisión trascendental. Nunca he sabido vivir sin él. Confieso que siempre tuve miedo a que me dejara y de  que se fuera para siempre. Así que en aquel pequeño rincón del mundo, creí estar a salvo de su hipotético abandono. Pensaba que todo estaba bien y que no habría más cambios. Habíamos hablado de buscar una casa nueva, sin humedades ni desconchados.

Pero lo de cambiar de cuidad y de paisaje vino después. Él cada vez se volvía más inconformista con aquel exilio voluntario al que en un primer momento habíamos llegado tan contentos. Por fin disponíamos de tiempo y de silencio. Era una casa junto al mar, como siempre habíamos soñado, y un pueblo pequeño de gente tranquila. Al principio lo de no tener que hacer vida social nos pareció una buena idea. La casa era un viejo chalet abandonado que alguien heredó y rehabilitó. Cuando lo compramos parecía sacado de un cuento infantil. Tenía su tejado rojo y dos chimeneas. Era austero por dentro y su fachada de colores añil y blanco. Pero  por más arreglos que se le hicieron, el viejo chalet estaba agonizante. Cuando no era una cosa era la otra. La cercanía al mar le iba gastando poco a poco y había que repararlo constantemente. Ahora era el asunto de las humedades, pero antes había sido el barniz, las cañerías, los azulejos de la cocina, etc. Los vecinos del pueblo, acostumbrados a su magnificencia, en medio de todas sus casitas pequeñas y blancas, tenían varias versiones de la historias de aquella casa que todos llamaban “el chalet”. Unos decían que había sido propiedad de un indiano rico, y que allí vino con su hija enferma, que más tarde terminó muriendo muy joven. Otros decían que había sido construido por un suizo, que se enamoró de la isla, y que venía cada invierno, hasta que dejó de vérsele por allí, así que todos suponían que había fallecido. Entonces el chalet se empezó a desmoronar y el salitre le comió parte de su encanto. Cuando pasamos delante de él aquellas vacaciones y vimos el cartel que anunciaba su venta, nos enamoramos de su planta, aunque quedaba claro que era ya una belleza decadente. No pensamos en todo el trabajo que nos habría de dar el mantenerlo en pie con aires de habitabilidad.

Era como nuestra vida en común. Sentíamos que iba poco a poco en declive. Por eso huimos de la ciudad. Cuando él tuvo una aventura con una compañera de trabajo y yo lo descubrí,  asumió su inconsciencia y salimos en pos de nuestra intimidad perdida. Pero la cosa no era tan fácil. Algo se había roto para siempre entre nosotros, y el asumir una culpa incierta tampoco era la solución. Siempre supe que la tal aventura no era simplemente eso. En realidad él se había enamorado perdidamente, y le faltó el valor para admitirlo. En aquel momento optó por quedarse conmigo, pero ahora tengo claro que eso no fue lo mejor para ninguno de nosotros. Siempre me he sentido comparada con ella, agradeciéndole de alguna manera a él, que apostara por mí. Aunque  ahora pienso que no lo hizo por mí, sino por él mismo y su propia inseguridad. La prueba de que no lo hizo por mí es que ahora se va y no le importa  si yo me quedo o no. Aunque no sé si es que no le importa o si por el contrario, es que se ha cansado de todo esto, de nuestra falsa condescendencia y nuestra civilizada y aburrida coexistencia. Pese a todo hemos tenido buenos momentos, nos hemos sentido muy cerca, quizá en instantes concretos pudimos alcanzar más intimidad en este espacio de la que nunca habíamos tenido antes, pese a tanto tiempo compartido. Pero eso ahora ya forma parte del pasado.

Aquel enamoramiento furtivo había sido el primer gran secreto que se interpuso entre nosotros. En realidad lo hizo para no dañarme, pensaba yo. Es posible que esa sea una parte de la verdad. La otra es que no quería que yo lo supiera porque no quería correr riesgos de ningún tipo. Pero lo supe casi desde el primer momento. Esas cosas siempre se saben. Él comenzó a comportarse de manera diferente y reorganizar sus horarios y compromisos. Entonces supe que algo pasaba y decidí abordarlo, no sin cierto temor. Le pregunté abiertamente, así que  fue incapaz de negarlo. Cuando me insistió en lo de que solo era una aventura, yo necesitaba oír exactamente eso.


 Así que en actitud condescendiente opté por retomar mi poder perdido prodigándole a nuestra relación todos los cuidados que hasta ahora había escatimado. Decidimos lo de venir a este pueblo sin pensarlo demasiado. Como queriendo salvarnos de un naufragio. Salió la vacante y él optó a ella, en consenso conmigo. Yo renuncié a mi plaza en la revista a cambio de un incierto trabajo de colaboraciones, y nos fuimos en pos de un reencuentro imposible.




 Sin embargo, tras mi encuentro con el mar se ha producido mi encuentro conmigo. Poco a poco he ido venciendo el miedo. Desde que sentí que el miedo solo es miedo, no me importó perderle, ni que se fuera, ni siquiera la posibilidad de quedarme yo aquí mientras él se escapaba a mi control. Porque ahora sé que en realidad siempre he querido controlarle. Le he controlado a él porque he sido incapaz de controlar mi vida. No obstante, ha sido un control sutil. Casi ni se ha notado. He intentado ser imprescindible en su vida con el fin de controlarle. Ahora sé que nunca le he mostrado mi intimidad desnuda. He desnudado mi cuerpo, pero no mi alma. He sido incapaz de decirle con honestidad todo aquello que mi autocensura impedía que mostrara. Así es como nos hemos ido convirtiendo en  desconocidos. A una parte suya tampoco logré jamás llegar. Se reservaba para sí sus pensamientos, escapando de esa manera a mi supervisión. Dos desconocidos conviviendo en un mismo espacio es algo que no se soporta por mucho tiempo. Cuando vivíamos en la ciudad apenas si caíamos en la cuenta de eso. Cada uno con sus ocupaciones, no teníamos tiempo para vernos. Aquí nos hemos tropezado con nosotros.

Hicimos juntos un viaje, que posiblemente haya sido el último. Se dejó olvidada su cámara de fotos. No creo tampoco que eso haya sido casual. La única foto que tenemos de ese viaje, es la de una de las barcazas que cruza el Sena. Yo quería hacer ese paseo y un fotógrafo ambulante nos fotografió para la posteridad. En ese viaje me hablo del examen, de que quería esa plaza y que iba a optar a ella. Yo fingí interés por el asunto, pero no me lo tomé demasiado en serio. Creí que era uno de sus planes irrealizables. Creo que me cogió con la guardia baja, porque no fui capaz de darme cuenta de que ese asunto lo venía meditando desde hacía tiempo a mis espaldas.

En la repisa de los libros está también la foto del Sena. En cuanto llegamos a casa la coloqué en un marco. Ahora que la miro detenidamente, observo su cara taciturna, y me veo con una sonrisa hierática. Parecemos cogidos in fraganti en plena actuación. Claro que ese viaje fue idea mía. Siempre he pensado que en mis vidas anteriores anduve por las calles de  París, y creo reconocer sus rincones. Una vez más me evado de la realidad y niego admitir mis verdaderos deseos. En realidad, con un poco más de osadía me habría ido a vivir a París hace tiempo. Me parece una ciudad fascinante y llena de vida. Pero no he sido capaz. He elegido quedarme con él. Me enfurece que él se vaya, aunque me inste a acompañarle. Pero lo cierto es que cuando hizo todos los planes, no contó conmigo. Daba por sentado que yo, una vez más, me terminaría acomodando e iría tras él.

Ahora que se que difícilmente volverá. Apenas hubo una llamada cuando aún acababa de pisar Barajas. Luego silencio. Uno más de sus silencios. Intenté contactar con él en dos ocasiones, me dijeron que dejara el mensaje desde una voz metalizada y odiosa. Yo opté por callar. Y así mismo sigo: obstinadamente callada, esperando en el fondo  de mi alma que intente rescatarme de mi mutismo para al menos salvaguardar mi honor.






9.6.12

A DESTIEMPO


El momento de silencio en el que ambos se encontraron, dejó encima de la mesa, de golpe, todas las preguntas sin respuestas, todas las dudas, los reproches, las palabras no pronunciadas, las expectativas no satisfechas.

Se habían tropezado casualmente, después de años sin verse, aún cuando vivían en la misma ciudad. De la euforia momentánea pasaron a hablar del trabajo, de los hijos, de sus vidas personales, fue así como supieron que ambos, ahora, estaban divorciados... Prolongaron aquel primer encuentro en una cafetería cercana, ante dos cervezas. Charlaron, por un rato, sin parar, como si el tiempo se esfumara, una vez más, volviendo a jugarles una mala pasada.

Cuando se produjo el silencio, fue en el preciso momento en que sus miradas se cruzaron, y sus ojos se atrevieron a ser todo lo sinceros que ellos no habían sido

    - ¿Qué nos pasó? - articuló finalmente ella, en un arranque de sinceridad-       

-Que el destino hizo que nos encontráramos a destiempo  -respondió él-

 -No, no fue eso en absoluto. Yo estaba dispuesta a caminar contigo hasta donde hiciera falta. Tú no estabas disponible para mí, no lo suficiente. ¿Sabes que luego me pregunté más de una vez, hasta donde habrías llegado con tu doble vida si yo no hubiera exigido una definición? Yo si di el paso. No te digo que lo hice por ti. En realidad lo hice solo por mí. En aquella relación que entonces tenía, ya no había amor. Yo solo pensaba en ti. Me enamoré perdidamente... de ti, o de una esperanza, ahora no lo sé. Me la jugué, porque eso es lo que en realidad quería hacer. Tú no fuiste capaz o no tuviste valor. Estabas más pendiente de lo que iban a pensar de ti, de tu orden perfecto con la foto de familia en la librería del salón. Eso era lo seguro. Arriesgarte conmigo era una gran incógnita. Eso fue todo. De ninguna manera podías creer que nuestra historia tenía todas las garantías de seguridad que te ofrecía tu matrimonio.

    - No era el momento, eso es todo. Tenía miedo y salí huyendo. Me habían enseñado que los sentimientos son cosas banales, en realidad a veces lo son.  Nunca dudes de cuanto te he querido, a decir verdad, aún te quiero. A veces me evado pensando en ti. Sueño contigo, te echo de menos. Me pregunto si aún no será recuperable nuestra historia, si este encuentro no será tan fortuito. La vida no ha sido muy justa con nosotros, me parece.

     - Excusas, solo son excusas. No sé si quieres engañarte a ti mismo, o si pretendes quedar bien conmigo. Te gustaba llenar tu vida de cosas sensatas. No creo que me eches de menos precisamente a mí. Sueñas con una idea, que en este momento no existe en el presente. Nuestro presente de entonces es ahora pasado. Y ya sabes: el pasado no existe, es solo una ilusión. Pero… dime ¿Cómo fue que por fin fuiste capaz de divorciarte?

    - No fui yo quien dejó la relación. Finalmente fue ella quien se atrevió a dar el paso –afirmó con desgana, restándole importancia- dime: ¿no te gustaría retroceder en el tiempo?

    -Nunca las segundas partes fueron buenas. Eso, no es solo una frase hecha.

Fue entonces cuando ella volvió a rememorar la frase magistral del protagonista de “Los puentes de Madison”.  Cuando en otro tiempo se compadecía de sí misma y lloraba por las esquinas, había visto aquella película al menos cinco veces. En aquellos tiempos  pensaba que sin él, no podía ni quería vivir.

    -No quiero necesitarte, porque no puedo tenerte - le dijo mientras una lágrima perdida resbalaba por su cara-  Esa  frase de Clint  Eastwood a Meryl Streep, le había impactado en su momento, por afinidad  con su propio sentimiento. 

   -¿Qué quieres decir con eso?-preguntó él totalmente confundido.

         -Nada, es una frase dicha desde un personaje de ficción, solo eso.

Entonces, mientras el golpe momentáneo de tristeza se alejaba, ella se recomponía en la escena, al mismo tiempo que apuraba su último sorbo de cerveza, pasando definitivamente aquella  página, hasta ahora inconclusa, de su vida. Le daba portazo al pasado. Con una frialdad inapropiada le dijo:

 -Bueno, volvamos a la realidad. No tiene sentido   remover el pasado. Me he alegrado de verte. Uno  de estos días nos llamamos y quedamos  con calma para comer o tomar algo, ¿te parece? –dijo todo eso con la certeza de que eso, jamás iba a ocurrir-

 -No se volverá a repetir esto: este hechizo sólo te llega una vez en la vida –dijo él sorprendiéndola- …Yo también lloré por entonces viendo Los puentes de Madisson. No creas que  he olvidado todo. Recuerdo que esa era la película que íbamos a ver aquel día, cuando falté a mi cita. Estaba a punto de cerrar el coche, cuando vi a mi mujer que me seguía. Cambié de rumbo y entré en un bar. Desde entonces decidí no volver a verte…

Un abrazo frío e impersonal fue otra vez la despedida, solo que ahora ella no lloraba, ni se sentía abandonada y perdida como entonces. Tampoco con la sensación de no ser lo suficientemente capaz, guapa, simpática... como para que él la quisiera incondicionalmente. Claro que quizá no fue entonces el momento. Ahora tampoco lo era, se había disuelto la imagen idílica con el reencuentro. A destiempo, totalmente a destiempo. En este instante eran personajes diferentes en el mismo escenario.

 Mientras buscaba a tientas las llaves y caminaba despacio hasta su coche, se decía con la mayor de las certezas, que daba igual todo, a estas alturas, de haber sobrevivido aquella historia, quizá ya estaría muerta, gastada. ¿Existía alguien a su altura de querer? ¿O era una estúpida romántica fatalista que se equivocó de siglo? Se dijo resignadamente. Ahora, quizá podría tenerle, pero tampoco quería necesitarle.


8.6.12

CON LA LLUVIA


           

         Lo que ocurrió aquella tarde mientras ella corría bajo la lluvia era totalmente imprevisible. Venía, como siempre, apresurada, con dos bolsas del supermercado, haciendo recuento mental de todas las tareas que le esperaban cuando llegara a casa.
        
         Ni quería abrir la puerta, un vaho a cerrado le recordaría que todo seguía tal cual lo había dejado por la mañana, cuando apresuradamente miraba el reloj, cogía las llaves y tiraba literalmente de los niños.

         La llegada a casa significaba una maratón interminable con la cena, la lavadora, la plancha, el fregadero... allí seguirían hasta la mantequilla y la caja de cereales del desayuno. Se sentía cual Penélope, tejiendo y destejiendo cada día.

         Todo eso rondaba desalentadoramente por su cabeza, mientras rogaba a dios para que saltara el semáforo, y le diera paso para poder cruzar la calle de una vez. El agua se había metido en sus zapatos, en su ropa, en su piel. Sus pechos y su pubis estaban también empapados.

         Así pensaba, cuando miró aquel anuncio. Una chica rubia y desnuda -talla treinta y ocho- subida a la grupa de un caballo blanco -al que abrazaba- anunciaba zapatos. Su único atuendo eran unos zapatos rojos que se ataban al tobillo y llegaban hasta media pierna. Una larga melena rubia le cubría parte de la espalda, y su mirada intensa parecía transmitir seguridad.

         Se miró de pronto a sí misma, con la ropa empapada, el pelo reseco y con falta de tinte en la raíz. Sus zapatos, ya para la basura, que venían durando tres inviernos.
Pensó entonces, que si tuviera un caballo tan bonito, estaría lejos, galopando con él...

         Pensó que apenas diez años atrás su pelo era sedoso y largo, su piel no tenía estrías, ni celulitis, además, se solía tomar unos minutos cada mañana para maquillarse...

         Soltó las bolsas en el suelo y lloró sin consuelo, pensando que podía venir toda la lluvia que quisiera, formar un caudal, arrastrarla hasta el mar... que posiblemente, hasta la hora de la cena, nadie se percataría de su ausencia.

         Entonces, ocurrió lo insólito: el caballo blanco cobró vida y saltó del cartel. Ella, se quitó los zapatos y corrió hacia él, con la firme idea de irse galopando, muy lejos. Por primera vez en su vida fue rebelde, y una sensación de libertad recorría su mojado y agotado cuerpo. Se fue, y milagrosamente, con ella, desapareció la lluvia.

LA NIÑA DE LAS TRENZAS



    La niña de las trenzas y la rebeca roja,  se suele sentar en el escalón de la entrada de la casa. Ese que mira a veces la abuela para saber la hora del día que es, por la sombra que proyecta.
Desde ahí, ve pasar el mundo ante sus ojos. La vida de verdad por un lado y los cuentos de princesas y príncipes por otro.
   El día de su pequeña aventura, cuando cruzó la huerta, para así poder llegar hasta la vecina escuela, todo cambió para siempre. A partir de entonces se desveló un mundo de novedades, paisajes, leyendas… su existencia dejó de tener la frontera de la casa. Tras descifrar el código de las letras, la lectura fue un billete para la fantasía.
Algunas otras incursiones en la vida, le trajeron mal sabor.

   Una vez, fue  a la tienda y el hombre de la casa en mitad de la calle le pidió que fuera  a hacerle un recado. Para ello hubo de sentarla en sus rodillas, acariciarle el pelo y levantarle la faldita. Ella percibía algo raro e incómodo,  pero no salió corriendo. Cuando el hombre salió para el fondo del almacén y se manipuló en su bragueta, ella seguía sin saber qué pasaba.
Siguió sin entender nada cuando en casa le quitaron la ropa y todo fueron lamentos y clamores. Unido a reproches, cuidado con los hombres, algunos son muy malos. Decía la abuela.
   La niña,  se sintió violentada en algunas otras ocasiones, pero nada comparable con el drama de la culpa que le habían cargado entonces, cuando tenía seis años y era una inmensa inocencia.
   Desde el escalón de la entrada de la casa, sale al paso cada vea que  la mujer adulta ha de  afrontar con solvencia y seguridad algún reto. Con sus cuentos de princesas bajo el brazo, en un mundo imaginario donde es la única reina, con sus piernas flacas y veloces, con su fantasía casi indemne, con sus deseos de aventura… con el miedo al abandono.

    Sabe que los que se fueron difícilmente volverán. Así ocurrió con el abuelo y un montón de gente. La han dejado en esta casa para acompañar a la abuela. Por eso siente que una despedida es una muerte. Y llora, cuando nadie mira, para evitar explicaciones y reproches.

    La niña no envejece. Los años transcurren, pero sus trenzas y su esencia la definen. Alguna tarde vuelve a escaloncito de la puerta. Un refugio seguro en el que se siente a salvo. El resto del tiempo deambula en la mujer adulta que la camufla, de tal manera que a menudo no saben cuál de las dos es ella.

7.6.12



HISTORIA AJENAS


De momento podía ver el mar como paisaje de fondo. Eso, porque la prevista torre de hormigón aún no se había levantado desafiante, para recordarme que cada vez estaba más lejos de la añorada naturaleza, que poco a poco sucumbía bajo el asfalto y el plástico.

Miraba a lo lejos el mar, al mismo tiempo que no dejaba de preguntarme como, sin casi darme cuenta, había llegado a este espacio concreto. Pensaba en ellos, en todos ellos, juntos y por separado, admitiendo finalmente que había escrito mi paso por la vida junto con ellos, lejos de mi. Pensando en ellos, existiendo por ellos. Sintiendo a través de ellos. Llorando por ellos, o con ellos... lo mismo daba. Lejos de mí todo el tiempo. Me había mantenido tan alejada de mi misma, como esfuerzos hacía para estar cerca de ellos. Ellos, se habían convertido para mí en una adicción.

El caso es que no había logrado ser feliz. Eso es lo que había ocurrido. Tantos esfuerzos para buscar la felicidad, para finalmente acabar por admitir que no había logrado encontrarla.

Quizá tenía mis días contados, como el paisaje desde mi ventana. Todo era cuestión de disfrutar el momento –me decía-. Pero después de tanto entrenamiento en vivir hacia fuera, yo no sabía qué era eso exactamente. No sabía qué hacer con tantas historias en mi memoria. Historias de otros, que me habían sido confiadas en un momento de sinceridad, de necesidad de compartir. Historias peculiares, que había llegado a confundir con las mías, haciéndolas mías incluso. Amores, desamores, abandonos, penas, tristezas, alegrías... todas las que me habían sido confiadas, las guardaba celosamente en mi memoria, esperando que ésta no me fallara para que finalmente no sucumbieran.

Pero mientras miraba desde la ventana y pensaba en lo efímero, ideé el inmortalizar las historias, relatándolas desde donde mi memoria había logrado deformarlas a mi antojo. En definitiva, si lograba escribirlas, nunca se perderían, serían mías a partir de ahora, compartiendo una parte de alma de quien me la confió, dado que nunca se me dijo que fuera un secreto. Es más, creo que cuando me contaron sus historias, ellos y ellas deseaban que nunca se perdieran definitivamente.

No se bien donde termina la realidad y empieza la ficción. Pero es así como las recuerdo, como las he incorporado en mi pensamiento...