6.9.12

AMIGA DEL ALMA



Su partida de defunción asegura que falleció de  un cáncer de mama que, tras un proceso de evolución, degeneró en metástasis. Yo sé que realmente murió de tristeza. Aunque en absoluto era una persona triste.

No he podido llorar su muerte con ganas. Lo he hecho a hurtadillas. Para que mi hijo no me vea. Así, fingimos él y yo que ella no se ha ido. Aunque ambos sabemos que jamás volverá. La queremos tanto a Conchi que nos resistimos a enterrarla.

Quiero quedarme con sus últimas palabras, ya a punto de cruzar el umbral a la otra vida, cuando estaba agonizante y yo pensaba tomar un avión: “No hagas un viaje tan largo amiga, creo no merece la pena”-dijo con su voz cansada-

Y así se fue, sin que al menos yo pudiera darle un abrazo. La maldita distancia se llevó la mano y nos ganó la partida. En una nube de morfina, exhausta y derrotada, mientras yo esperaba que de una vez se realizara esa fatídica última llamada que anunciaría que por fin la agonía se terminó.

Cuando pienso en ella me llegan la alegría, las risas, el nulo sentido del ridículo que tenía, sus sabias palabras, sus elocuentes miradas, su integridad como ser humano, su generosidad más absoluta y sus danzas… siempre las danzas presentes en su vida.

Al mirar las fotos de su último viaje a la isla, quiero rescatar algunas muy especiales: cuando iba en la parte trasera de mi coche, sacando los pies por la ventana, porque tenía calor; cuando nos fuimos a coger naranjas a Teror, o  en la cocina de casa, con la corona dorada del roscón de reyes sobre su cabeza, o sentada en un banco en mitad de  la calle Triana, comiendo papas fritas con Fernando, porque estaba cansada de tanto andar.

El día que fui a renovar mi carnet de conducir, ella y  mi hijo recorrieron calles y más calles, hasta encontrar el sitio donde venden los petardos y cohetes, para realizar el sueño del niño. Por la noche se prendieron todos en la azotea de casa y pequeños estampidos de colores, inmortalizaron para siempre esta experiencia imborrable.

Pudo enseñar algo de lo mucho que sabía de las danzas del mundo a los niños de  mi colegio. Fue un día verdaderamente especial, en el que ella no se cansó e incluso le supo a poco. Los niños y niñas de mi cole no la olvidan desde entonces, aún esperan su vuelta. Ese día le prodigaron de forma espontánea dibujos, cartas y poemas, que se  llevó en su maleta como un preciado tesoro.

Nuestra relación de los últimos dos años fue una alegre despedida. Tanto me confié, que creí que era un roble, que jamás se iría.  Aún hoy es el momento en que no me termino de creérmelo.

No la he borrado del correo, ni de mi agenda de teléfonos. Pienso que de alguna manera me resisto a que se vaya. Quizá por eso escribo ahora esta historia. Necesito rememorarla, para hacer justicia a su memoria, es posible que de esta forma logre desapegarme de ella.

Fue siempre una hermana muy especial, aunque no nos unieran lazos de sangre. Clara, directa, cercana, luchadora y gran persona. Amigos y amigas a raudales, esa era su gran fortuna.

No conocimos en unas jornadas, allá en Euskal Herría. Hace de eso muchos, muchos años. Seguimos en contacto, nos hicimos visitas en vacaciones y en verano. Compartimos confidencias, amores y desamores. Muchos desamores rondaban por entonces en nuestras vidas.

Nos fuimos distanciando con el tiempo, aunque siempre, el veintidós de noviembre sonaba el teléfono deseándome un feliz cumpleaños. Si no estaba dejaba un mensaje. En eso no estuve a su altura. Hasta he olvidado la fecha de su cumple, aunque sé que coincide con la del escritor chileno Jorge Muzam, por una felicitación que se le hizo desde una red social. Entonces yo dije lo de mi amiga Conchi, y alguien amablemente me apuntó que llamarse así sonaba muy mal en Sudamérica.

De vez en cuando me enviaba una carta, con una letra impecable y adornada con pegatinas de flores y mariposas. Yo prefería hacerle una llamada, pero ella esperaba respuesta escrita sus cartas, que eran muy elocuentes, y aún las conservo. 


Siempre estaba emprendiendo alguna nueva aventura en su vida, un nuevo curso de danza en algún confín del mundo, o bien trabajaba en una aldea ecológica en Escocia, o hacía el camino de Santiago con una mochila y poco más… su vida era intensa, muy intensa.

A menudo me recomendaba alguna lectura interesante. Incluso me regaló un pequeño libro acerca de cómo escribir de forma creativa. Mi memoria vuelve a jugarme una mala pasada. He olvidado ese título, pero no el contenido, ni los sabios consejos que transmitía la autora. El libro está aún en mi biblioteca, junto con otros muchos.

…………

Haberla conocido y ser su amiga ha sido un privilegio para mí. Fernando se enamoró de su país y del paisaje, indagando luego en nuestras raíces, encontramos que nuestra bisabuela se apellidaba Arráez y que eran oriundos de Euskadi. A saber si alguna otra vida no hemos sido hermanas o familia.

Guardo sus mensajes del último periodo que vivió en su caravana, con fotos de paisajes hechas desde la ventana o frases cariñosas, en las que me decía que había cocinado lentejas y se había acordado de mí… o un escueto “te quiero amiga”.

En aquella caravana, en la que quedaban pocas cosas, pues se había deshecho de casi todo porque no lo necesitaba, según ella, conservaba un panel con fotos de personas especiales en su vida. Pude distinguir una de nosotras dos, al menos veinte años atrás o quizá más. Jóvenes y guapas, alegres y llenas de vida, en el puente de los patos de un parque de Donosti. Repetimos esa foto en ese preciso lugar y éramos las mismas, solo que con veinte años más. Fernando nos hizo esa segunda foto. Estábamos a seis grados bajo cero. Fue un día inolvidable.

Hoy lo quiero gritar a los cuatro vientos “TE QUIERO AMIGA, ALLÁ DÓNDE ESTÉS”. Por cierto… ya he recordado el título de aquel del libro: “El gozo de escribir” de Natalie Golberg. Hasta en esto me apoyaste en la distancia, me indicaste un camino para que dejara fluir lo que llevo dentro, lo que siento, lo que observo. Por tanto, es en tu memoria y en tu honor que escribo este texto ya que a ti va dedicado.





3.9.12

EL LEGADO




Ha recorrido el tiempo, de vientre a vientre, se ha traspasado en los genes y ha llegado hasta nosotras, para ser quienes somos… también todos sus miedos, y sus silencios. Hemos sido mujeres de carne y hueso, pero fuertes. Si tenemos que tirar con nuestros hijos, lo hacemos, lo hemos hecho. Libramos nuestra batalla con el miedo. No ha sido fácil. Hemos luchado con nuestro enemigo interno, con el de ellas, con el temor acumulado tras muchas generaciones de mujeres valientes y audaces. Mujeres solas, que no querían estarlo. Carentes de caricias y ávidas del disfrute de sus cuerpos. Pensamos que la vida se vive una vez y que solo a nosotras nos pertenece. La hemos defendido, para no terminar como el mortero: roto, desfondado y decorando una cocina como el mejor fin que podría tener.

Pero somos hijas de nuestros ancestros. Una tremenda soledad nos invade y nos debilita, a veces, en forma de miedo. Mirando para afuera, no hacia adentro, se nos va la vida en amores imposibles, eligiendo terrenos resbaladizos en nuestras relaciones. Amando demasiado, como forma de sentir que somos necesitadas. Buscando hombres que nos digan cuanto valemos como si nuestra opinión no contara. Relacionándonos a menudo de forma enfermiza y destructiva. Nada ha sido fácil.

Lo que si hemos hecho es decidir no continuar a la espera. Con tremendo esfuerzo hemos tomado la iniciativa, arrastrando a veces con la duda, creyendo que no era nuestro derecho, pensando que quizá nos estábamos equivocando… pero por fin  lo hicimos, y al hacernos cargo de nosotras, hemos renunciado a ser víctimas. Aprendimos a disponer de lo nuestro, a romper ataduras y a abandonar la culpa...



28.8.12

¿Dónde están los calcetines perdidos?




Esta tarde medio tediosa me he puesto a mirar televisión y a emparejar calcetines. Así tengo la impresión de no perder el tiempo del todo, en una actitud de pasividad ante el aparato. 


En una bolsa grande color amarillo, he ido guardando todos los calcetines desparejos, hasta que un día como hoy, hago un alto en lo que vengo considerando prioritario, vacío la bolsa y pacientemente busco cuales son los que van juntos. 

Puede ocurrir que después de varias semanas uno de ellos encuentre a su compañero perdido, pero no es lo normal. Lo habitual es que el se queda solo más de tres días, siga solito el resto de su vida.


Me resisto a tirarlos a la basura. Especialmente me ocurre esto con aquellos que son muy nuevos o muy bonitos. Siempre pienso que igual en algún momento aparecerá el que falta... más la experiencia me dice que mejor me deshaga de ellos pues desde el limbo de los calcetines perdidos, ninguno vuelve.


En la bolsa hay diferentes tallas y colores, calcetines finos, gruesos, de niño, de deporte, acrílicos, de algodón... Cada uno con su historia -a veces efímera-. Alguno perteneció a un pie que ya no es el mismo, pues ha aumentado varios números. 


Incluso hay algún calcetín desparejo que me he resistido a tirar de forma inexplicable a sabiendas de que su dueño nunca lo echará de menos, no solo porque ni siquiera es consciente de haberlo perdido, sino además, porque hace tiempo que vive lejos del domicilio de la bolsa amarilla, es decir, de mi casa. -¿Hasta dónde el inconsciente me estará jugando una mala pasada?


Alguno de ellos encontró una salida airosa a su vida sin sentido dentro de la bolsa. Fue a parar a la clase de manualidades mi niño pequeño, que hizo de él una cabeza de caballo, rellenándole de papel de periódico y decorándolo con  unos improvisados ojos, orejas y boca. Lo cierto es que se olvidó de ponerle nariz. Con unas bridas de cuerda y el palo de una fregona ya inservible, se convirtió en el caballo de un jinete de cuatro años, con una especie de calva a la altura de sus orejas, que venía a ser el talón -no el de Aquiles, ni el bancario, sino el del calcetín rescatado-


Cuando en la última mudanza fueron a parar a la basura todas las cosas inservibles que voy acumulando, estuve a punto de deshacerme de la bolsa, pero... en el último momento le salvé la vida. No en vano a todos los calcetines que allí levitan, mientras la bolsa se traslada de un lado a otro, son en parte míos. Yo misma les descubrí y les elegí en la tienda. Les busqué unos pies, les rescaté del fondo de la cesta de la ropa sucia, y luego les acomodé en sus cajones. 


Después han ido desapareciendo, como quien no quiere la cosa, sin que aún haya una sola respuesta convincente que satisfaga mi curiosidad para saber de su destino, de la aventura o desventura vivida en solitario, que inevitablemente ha terminado condenando a su compañero de fatigas a vegetar por el resto de sus días en el fondo de la bolsa amarilla, de la cual sale solo de tarde en tarde  para comprobar de nuevo que su soledad no se resuelve con la compañía de otros, tan desolados como él. Su alma gemela, que solo Dios sabe donde andará, es la única que podría sacarle de esta inutilidad cansina para el resto de sus días.


De vez en cuando aparece algún desparejado igual pero recién comprado, nuevecito. Lo cierto es que me resisto a juntarles pues la diferencia entre ellos es tan evidente, que se percibe simplemente al tacto y de ninguna manera son de la misma pareja, pese a su similitud aparente.










26.8.12

EN EL SUPER





Cuando acertó a mirarse, por primera vez en todo el día, estaba aferrada con sus dos manos al carrito de la compra, como si  le fuera la vida en ello.

Hacía la cola de la caja con el carro lleno hasta rebosar. El espejo de la vitrina la colocó por un instante frente a sí misma. Se miró, no sin sorpresa. ¿Era ella, con aquella pinta?. Aceptó a reconocerse de muy mala gana. Ni  varias  semanas a dieta estricta le iban a devolver su silueta esbelta, ni siquiera unas horas al sol y el mejor maquillaje, disimularían las manchas que se iban instalando en su rostro. Unas profundas ojeras le recordaban su falta de sueño. Desde que se había planteado dormir sin somníferos, la noche era una eternidad plagada de pesadillas. Así que casi había decidido desistir de tal proeza. Un valium antes de irse a la cama le garantizaba unas cuantas horas de ausencia pero, aún así, eran insuficientes.

Llegó al supermercado en una loca carrera.  Había olvidado la lista como siempre. Pero todo estaba en su cabeza. Recorrió los pasillos, no sin indignarse porque le habían cambiado un par de artículos de su ubicación habitual. Ese cambio sorpresivo e inesperado le iba a llevar unos preciados minutos de búsqueda,  con los cuales no había contado.

Llenó el carrito repasando minuciosamente los estantes. Semana tras semana, mes tras mes, año tras año, hacía lo mismo. Sus idas al supermercado eran un karma. Ni manera de deshacerse de esa tarea sin sentirse culpable. El mundo podía hundirse, que ella solo se sentía tranquila cuando lograba dejarles llena la nevera. Su rol de abastecedora de alimentos no era como para sentirse realizada, pero la tranquilizaba. Atiborraba la nevera y entonces se sentía aligerada de tanta responsabilidad.

Es por eso que había ido relegando la peluquería, las lecturas interesantes y los paseos con las amigas. Incluso había dejado de comprarse un  par de zapatos que le encantaban. De haberse comprado aquellos maravillosos zapatos, su carro estaría ahora menos repleto.

Todo podía esperar, excepto su responsabilidad proveedora, que parecía no tener fin. Era como intentar llenar de agua una vasija con múltiples agujeros. Una tarea infructuosa. Cargar la compra hasta el coche, arrastrarla hasta el ascensor, colocarlo todo en su lugar correspondiente.... la frenética carrera por los pasillos del super, a la caza y captura de las marcas, fechas de caducidad y precios, no eran nada comparado con la tarea de colocar todo en su sitio.

Ahora estaba en la fila y se miraba desgreñada y decadente. El inevitable paso de los años entre carrito y carrito, le hacía frente ahora,  cuando no había remedio. Después de convertirse en una experta de las ofertas, de las compras en tiempo record y de las frutas y verduras de temporada, no había grandes sorpresas en esta vida alimenticia. Si acaso, una nueva línea de yogures o quizá algún congelado muy socorrido para casos de emergencia. El resto era más de lo mismo. Todo envasado al vacío, hasta el arroz cocinado en su correspondiente frasquito.

-“¡Uuuufff!” - Un golpe de calor le asaltó sin previo aviso. Por lógica, estaba pensando en la menopausia. Con sus años era casi lo esperado. No llevaba abanico ni pensaba llevarlo jamás, así fuera que la sensación de calor la derritiera. Eso de ventilarse en público era de verdad deprimente, no ya por su paso a la reserva, ni siquiera por el fin de su capacidad reproductora. Era algo más que eso. El pasillo de los tampones y compresas iba a dejar de interesarle para siempre. Pero lo del abanico, eso sí que no. Nunca jamás pensaba ir pregonando a los cuatro vientos que se había vuelto vieja, que andaba en retroceso biológico, pese a lo de su desaliño y todo eso. Una cosa es que se descuidara un poco y otra rendirse, sin más, a  aceptar que entraba en otro grupo. Era lo único que le faltaba. De ahora en adelante, sus necesidades consumistas iban hacia la leche de soja, las cápsulas de aceite de onagra, y todo un listado de productos para atacar los síntomas. Solo para atenuar los síntomas, que nadie iba a devolverle sus hormonas perdidas, sus estrógenos a la deriva, amenazando una y otra vez con un hormigueo sofocante, que al principio tardó en asociar -tal era su capacidad de negación-.

La lista de tareas que le esperaba, una vez lograra salir de aquel atolladero de carritos, era, como siempre, interminable. Tanto, que ni llevaba agenda. Alguna vez le habían  regalado alguna a comienzo del año e intentó seguirla, llena de buenos propósitos, aunque finalmente terminó abandonándolos. Su ocupada vida no tenía cabida en un cuaderno. Si tuviera que anotarlo todo perdería un tiempo precioso. No existía la  agenda capaz de recoger todo lo que formaba su vida tan estresante, aunque tanto ajetreo se resumía en nada en concreto. Todo el día de acá para allá, para que al final de la jornada tener la sensación de  no haber hecho algo realmente útil.

Intentaba encontrar unos minutos para su afición artística. Pero eso era todavía más difícil que lo de la peluquería. Desde que una vez fuera a un cursillo de manualidades,  se había vuelto una forofa de las figuritas de miga de pan. Elaboraba la pasta que luego moldeaba dándole forma. Primero hizo flores, centros de mesa, mariposas... chorradas. Llenó toda la casa de aquellas figuras, que parecían sacadas de algún catálogo de todo a cien. Luego se atrevió con más, y empezó a hacer pendientes, colgantes, broches... que todas sus amigas elogiaban. Fue entonces cuando acarició la idea de hacer esculturas. Se encerraba con su masa y salían unas extrañas formas armoniosas de las que ella misma desconocía su significado. Las terminaba y esmaltaba con extremo cuidado. Luego no se atrevía a mostrarlas, aunque sus extrañas representaciones tenían identidad propia. Reflejaban su ánimo. No tenía tiempo para dedicarse de lleno a ellas, pero siempre andaba planeando algo. En sus fantasías más osadas pensaba poder exponerlas algún día, hecho que iba posponiendo cada vez más en el tiempo.

Así las cosas, se volvía a mirar en el espejo, ahora que avanzaba la cola y, por fin, estaba cerca de la caja. Todo era tan frío e impersonal que nadie la reconocía en aquel sitio, pese a  que lo visitaba varias veces por semana. Para colmo de males, casi ni se reconocía ella misma. En estos momentos se volvía reflexiva. De aquella chica rebelde que quería comerse el mundo, quedaba poco. Había terminado por convertirse en una caricatura  de lo que había soñado. Empeñada, a pesar de todo, en no aceptar que su suerte estaba echada. Tanto, que no era dueña y señora de su tiempo ni de sus energías. Todo se le iba en ocuparse de ellos -sus hijos- y correr a toda velocidad al tiempo que no dejaba de sentirse culpable. Como no quería una culpa más añadida en su lista, se encargaba  del asunto de la despensa de manera intachable.

En la estantería de la caja, donde solían colocar las ofertas, estaban apiladas varias botellas de lambrusco. Con el vaivén de la cinta transportadora una de esas botellas cayó al suelo, llenándolo todo de un rosado espumoso. La cajera, hasta ahora impasible, cogió el micro para llamar a la señorita Yasmina. Así fue como entonces ella supo que “acuda al terminal diez”, quería decir que haga el favor de venir a la caja. La jerga de la megafonía del super, era algo que nunca antes se había preocupado en descifrar.

La señorita Yasmina la mira y ella no sabe cómo explicarle que no hizo nada para que el lambrusco fuera a estrellarse contra el piso, pero la chica ni le escuchaba. Mejor se hubiera ahorrado las excusas, ya que ella tira un chorro de lejía sobre la mancha y friega sin más. No se da cuenta  de que acaba de estropearle sus vaqueros nuevos. Ni le importa, ni se excusa. Sus flamantes vaqueros, salpicados ahora de lejía, se suman al resto de decrepitudes que venían a reflejarse en el espejo contiguo a la caja...

El acto mecánico de poner la compra en la cinta, de forma rauda, como si alguien estuviera detrás azuzándola, lo hace colocando los productos iguales apilados, al tiempo que llena las bolsas teniendo en cuenta que los congelados vayan juntos y que lo pesado se coloque debajo, aunque luego, en el portabultos del coche, si no tiene cuidado, lo pesado quedará arriba, ya que será lo último que saldrá del carrito. Por eso ha diseñado su propia estrategia para transportar las bolsas en un orden horizontal. Carga el carro y lo empuja hacia el montacargas, indignándose de nuevo por las ruedas bamboleantes que hacen que se desplace sin control. Sus bíceps han terminado por fortalecerse de tanto intentar enderezar el carro, que quiere ir en dirección contraria a donde ella le empuja. Si no fuera porque el tiempo siempre apremia haría una reclamación en toda regla. También en el ascensor había un buen espejo donde mirarse, esta vez de frente, puesto que no bajaba nadie más. Decididamente esta misma semana iría a la peluquería.

De cómo fue dejando que el desánimo se apoderara de su cuerpo, era algo que casi ni recordaba. “Total para qué, nadie va a reparar en mí” -se decía resignada- Ese volverse casi invisible le llegó poco a poco. Primero dejó de maquillarse, luego empezó a usar zapatos cómodos y sin tacón,  ropa holgada... Le daba igual que el bolso y los zapatos combinaran, todo daba lo mismo. No había ningún día especial en su vida, por tanto, no tenía que poner un énfasis especial en su atuendo. No dejaba de sentirse aislada en medio de tanto tumulto. Allá donde fuera había gente por doquier, que no reparaba en las otras personas, en una carrera sin tregua. Siempre en una veloz marcha hacia algún lado. Lo de menos era la meta, lo realmente importante era no dejar de correr para batir su propio record.

La tentativa de mudarse de ciudad la tuvo mientras estuvo acomodándose a esta nueva vida. Después de tantos años de matrimonio, ahora vivía sin un hombre cerca. La ruptura se produjo en algún momento años atrás, pero la coexistencia pacífica les llevó a soportarse por un tiempo. Cuando el silencio solo era sustituido por gritos y desplantes decidieron poner fin a aquella farsa, perdiendo así la oportunidad de celebrar las bodas de plata que estaban al caer.

Entonces no había sentido miedo, ni siquiera soledad. Cualquier soledad era nada comparada con su soledad de cerca de alambres que parecía existir en su cama en aquel matrimonio de los últimos años. Su soledad de abrazos vacíos, cuando recurrió a su novio de juventud, posiblemente buscando más que sexo, caricias y afecto. Al menos entonces encontró un motivo para engalanarse mientras iba a su encuentro. Fuera de eso, siguió sintiéndose sola. Absolutamente sola. Hasta que también esta historia languideció, confirmándose así la teoría de que nunca las segundas partes fueron buenas.

No solo no se mudó de ciudad, buscando un lugar bucólico en medio de la naturaleza sino que, además, aprendió a conducir en medio del tráfico, a bregar con las cuentas de la casa, a colocar estantería y reparar grifos. Estas eran tareas añadidas que ella siempre había procurado eludir, porque lo de su jornada de trabajo y sus tareas domésticas siempre habían estado ahí, sin cuestionarlas para nada. Incluido -cómo no- el supermercado.

En medio de la vorágine del tráfico fantaseó con que su vida fuera suya. Ahora no sabía vivir sin los chicos, pero si ellos crecieran de golpe y fueran autónomos, entonces ella sería dueña de su tiempo. Sin compras, sin lavadoras, sin la plancha, sin la culpa... todo el tiempo para ella y sus figuritas de miga de pan, para leer, tomar el sol, mudarse de ciudad, salir de compras, tirar de la  tarjeta alguna vez...

¿Podía imaginarse una vida así? ¿Realmente podía? ... de momento sobrevivía pensando en el sueño casi irrealizable de salir de tanto tumulto, de tanta presión, al tiempo que no dejaba de cumplir su tareas al pie de la letra, con tanto empeño que sus sueños de libertad - su secreto mejor guardado- eran el asidero en el que se sostenía para poder seguir en esto. Igual que hacía con el carrito, una vez lleno, se agarraba a él, por no dejar sus manos vacías a los costados de su cuerpo. No sabría entonces que hacer con ellas.

Se introdujo con el coche en la otra cola, para salir por fin de aquel atolladero. “Inserte su tarjeta”, decía el letrero de la maquinita del parking. Después  de que obedientemente lo hiciera, la barrera se izó, franqueándole el paso. “Qué pasada esto de la tecnología”  -se dijo- parecía que todo funcionaba por arte de magia. Al mismo tiempo, no dejaba de sentir dos ojos enormes vigilándola de cerca en cada instante: cuando aparcaba, cuando circulaba despistada pensando en sus cosas y rebasaba los ochenta kilómetros prescritos,  si no encendía las luces en el túnel o si, por el contrario, las mantenía encendidas al salir de él. “Vigile la presión de sus neumáticos, no hable por el móvil mientras conduce, no entre en el túnel con gafas de sol”.  El tipo que escribía estos eslóganes, nunca tenía la idea de desearle a la gente un buen día o de decirle que esbozara una sonrisa.

  Sentía que vivía en un mundo de normas, por más que se había pasado media vida luchando contra ellas. Al resto de los humanos, las normas no le generaban tanto conflicto. Al menos, parecían acatarlas sin dificultad. Pero ella percibía que llevaba un dedo índice acusador tras su cuello, señalándola implacable,  que le caería encima en forma de multa, en cualquier momento. Odiaba las normas sin sentido. Una vez controlaba todas las normas imprescindibles,  aparecían otras nuevas, por lo que se volvió incluso un poco insegura ante cualquier afirmación rotunda que escuchara en boca de alguien. Vivía en medio de aquella vorágine sintiéndose acosada, vigilada, asustada, limitada...

Una vez en la calle se introdujo en el atasco con mucha resignación. Sabía que los escasos dos kilómetros hasta su casa, se transformarían en casi veinte minutos de tensión. Siempre era igual y hoy no iba a cambiar. Atenta a los semáforos, a los peatones, al carril contiguo... Ponía la radio para escuchar la música de moda y reconocer que tenía un oído pésimo. Nunca recordaba el nombre de la cantante de aquella canción que tanto le gustaba  ¿era Lila Downs? Tenía una voz preciosa que le recordaba a la negra Sosa, emanaba vida y cantaba en femenino.

 Prefería no sintonizar ninguna emisora de noticias porque la ponían fatal. Era una tremenda sensación de impotencia. Se sentía mal y no veía qué poder hacer al respecto, así que decidió no saber nada de la actualidad y todo eso. En esa actitud derrotista constataba su envejecimiento inminente. Antes, pensaba que siempre se podía hacer algo frente a la injusticia ahora, por el contrario, se había vuelto realista, tremendamente realista.

En una época le dio por hacer unas figuritas pacifistas, muy inspiradas en carteles, con un casco militar como maceta con su plantita o una paloma picasiana con la rama de olivo. Las hacía restándole horas al sueño o poniendo como menú cualquier fritango precocinado. Cuando se sentía inspirada nada la apartaba de su creatividad, ni siquiera el niño que insistente la reclamaba, una y otra vez, hasta que por fin conseguía su trocito de masa y se mantenía entretenido por unos minutos. Pero en el fondo de su alma no creía en su propio talento. El desaliento vino a decirle que ya estaba bien de tantas estupideces, que todo el tiempo perdido habría que recuperarlo con creces. Así que no insistió en su obra, que pasó a ser almacenada en unas cajas de cartón envueltas en plástico burbujeante, pasando a mejor vida, hasta que algún día llegara la exposición pendiente, con palabras de elogio por parte de alguien, y modesto agradecimiento por la suya... “¡Delirios de grandeza, locuras de inconsciente desocupada!” -diría su ex irónicamente -.

Lo peor era eso, que empezaba algo y lo dejaba a medias. No  se creía capaz de aportar algo realmente válido, tanto, como para que justificara sus horas de ausencia del supermercado y las tareas propias de su rol materno, que tan a pecho se tomaba para dejar de sentirse culpable de todo. Culpable, culpable, culpable... hiciera lo que hiciera nunca consideraba que fuera suficiente. Hasta había llegado a pensar, más de una vez, qué derecho tenía de traer hijos a este mundo si luego no era capaz de aportarles lo mejor. Con los hijos compartía buenos momentos, pero también les sentía distantes.

En cada instante que tomaba para sí, se sentía como ladrona usurpando algo con nocturnidad y alevosía. Mientras se encargaba de las tareas, pensaba que no tenía tiempo para cuestionar nada, a la vez que justificaba esa apatía solapada que empezaba a minarla. Su cabeza empezaba a saturarse, así que últimamente dejaba sus llaves, las tijeras, el móvil... olvidados en cualquier sitio, luego tenía que hacer el recorrido mental retrospectivo para caer en la cuenta de donde estaban.  
                                           
Pero su espíritu rebelde, más allá de todo convencionalismo, había permanecido intacto con el transcurso de los años. No podía ser que todo hubiera sido en vano -se decía a menudo-. Tantas manifestaciones clandestinas y tanto discurso asambleario no iban a terminar en nada. No podía ser que todos -ellos y ellas- hubieran cambiado la aspiración de un mundo justo por unos cuantos objetos de confort. Algunos por un lujoso apartamento en la playa y otros por los costosos trajes de Armani -eso ya eran palabras mayores-.

 No parecía posible tanta amnesia. Pero sí, lo era. Aunque sus ex compañeros de lucha  pertenecían ahora a alguna organización sindical o política -todo dentro de un orden- donde ventilaban su jerga del pasado que aún permanecía inamovible. Ahora esa palabrería era utilizada para justificar que frente al mundo globalizado había que ofrecer respuestas desde dentro. Engañar al enemigo para que pareciera que transigíamos, pero no, nuestros objetivos -decían- estaban muy claros.

Como todo ese discurso les llevaba una larga vida en pos de un cambio que jamás llegaba, ella concluyó en que habían terminado por creer sus propias mentiras. Así que se alejó de todos, defraudada e inconformista. No  les creía nada. Cada vez que uno de ellos salía en la prensa, con foto a todo color, la única forma posible de venganza que imaginaba era e recordarle joven, sin calva, sin barriga y sin el rolex, alzando la voz en una asamblea como líder mediático de un pasado, del que  ahora renegaba.

“Su vida privada será una mierda”, se decía pensando que al menos en eso ella podría tener alguna ventaja. Pero cuando miraba para adentro no estaba tan segura de ello. Al menos los coches oficiales no pagaban multas, ni impuestos, tampoco necesitaban buscar aparcamiento, ni siquiera tenían que conducirlos. Y eso del supermercado, en realidad ni debieron de sufrirlo, pues pese a tanta demagogia, ellos entonces estaban en la asamblea enalteciendo a las masas, porque “ellas” estaban ocupándose de los niños de ambos y de otras tareas de menor valía.
 Así era, y así seguía siendo, a pesar del tiempo transcurrido. ¡A lo que hemos llegado!... de ridiculizar al caudillo por su permanente inauguración de pantanos, a aparecer ahora ellos en el “Pronto”,  cortando la cinta de una  nueva carretera, o imponiendo la banda a una miss.

La globalización ha venido y nadie sabe como ha sido -pensaba cada vez que le entraba complejo de hormiga en el caos ciudadano al volante de su coche-, pero honestamente no se quería cambiar por nadie. No es que fuera mejor ni peor, solo que no perdía de vista en ningún momento que la vida es efímera, y cada instante irrepetible.

Pensaba, pese a todo, seguir soñando con las figuritas que saldrían de sus manos cuando tuviera tiempo, con el abrazo del niño al irse a la cama cada noche, con sus sueños de diosa que encuentra el amor jamás imaginado, con el hombre especial que la acepta, la quiere sin más y no le importan sus pechos caídos y sus estrías abdominales. Sueña, cada vez que puede, y nadie osa interceptar sus sueños. Baila cuando está sola y nadie puede verla... Tiene dos buenas amigas con las que puede llorar sin pudor, pasea y corre por la playa con el perro, que está tan viejo y gordo que siempre termina quedándose atrás. Se reconoce como ser individual entre tanto bicho viviente y, algunas veces, recibe hermosos ramos de flores que le envía un amigo de adolescencia.

El verde del semáforo le indica que puede seguir adelante. En la curva, la garrafa de suavizante se tambalea en el portabultos. Calcula mentalmente los días que quedan para llegar a fin de mes y cuantas idas al super le faltan, que restarán euros de su cuenta y energías de su cuerpo. Pero le ha dado tiempo para todo, incluso para reaccionar, seguir soñando... eso la mantiene viva, especialmente, cuando cunde el pánico.

Como si de una especie de complicidad se tratara, Sabina en la radio la retorna al pasado con la frente marchita....
Iba cada domingo a tu puesto del rastro a comprarte
Monigotes de miga de pan, caballitos de lata.
Con agüita de un mar andaluz quise yo enamórate
Pero tú no tenías más amor que el río de La Plata.

22.8.12

ES TAN POCO

          

       ES TAN POCO

Lo que conoces
Es tan poco
Lo que conoces
de mí
lo que conoces
son mis nubes
son mis silencios
son mis gestos
lo que conoces
es la tristeza
de mi casa vista de afuera
son los postigos de mi tristeza
el llamador de mi tristeza.
 (Mario Benedetti
          
Mostrar las nubes, los silencios, los gestos, la tristeza... es desvelarse, desde la intimidad más absoluta. Es... romper la soledad frente al vacío. Significa algo más que todo eso: viene a expresar el deseo de querer dejar de andar por pasillos inhóspitos  con fantasmas de carne y hueso.

Destapar la tristeza es... rodear el miedo con un velo de esperanza, dejar de disfrazar con una máscara de euforia la propia herida, buscando quizá un bálsamo milagroso. Exhibir la tristeza es poco, y sin embargo es todo. Quien busca interlocutor a su tristeza, también busca compartir la soledad. Dejar de ser un ser anónimo que merodea, parar pasar a tener un espacio propio en el otro silencio.

Te he buscado durante todo este tiempo. Lo supe desde el momento en que sentí tu piel. Cuando por fin pude sentir mi llanto, mis silencios, mis penas, mis miedos, mis alegrías... para poder compartirlos con los tuyos.